Maravillas del agave mezcalero

Por José M. Murià, La Jornada

Investigaciones del afamado Centro de Asistencia Tecnológica del Estado de Jalisco abren la puerta de par en par a la utilización de los “fructanos” obtenidos de las piñas o mezcales del agave azul para combatir el exceso de glucosa en la sangre y grasa en el cuerpo.

Dicho de otro modo, pueden ser soluciones para la diabetes, los triglicéridos, el colesterol y el peso excesivo…

De la misma planta se obtiene el famoso aguardiente genérico que se denomina mezcal que se hace en muchas partes, entre los que destaca sobremanera el llamado originalmente “mezcal de tequila”, del cual aquel vate que se reputaba de “afamado saltillero” decía que:

“Las tristezas aleja; las aflicciones calma. Hace al amante diestro. Afina a quien canta. Si andas débil de cuerpo tus ánimos levanta. Te da firmeza y brío de amor en las batallas; te calienta en invierno. En verano te exalta y todo tiempo te ofrece consuelo y esperanza’’.

No en vano Álvaro Mutis cantó de él: “es una pálida llama que atraviesa los muros y vuela sobre los tejados para aliviar la desesperanza”.

Asimismo, si hubiera mayor conciencia ecológica, de los desperdicios que produce la fabricación de este aguardiente que le ha dado “fama y gloria” y buenos pesos a la patria, se podría obtener desde gas metano hasta una buena composta para alimentar el ganado y fertilizar la tierra.

Por eso, y por muchas cosas más que a la dicha planta Linneo la bautizó como agave, que en griego quiere decir admirable. ¿Cuál es su nombre original?

Pues no hay uno solo debido a que se encontraba de tal manera extendido en el territorio mexicano, del que es originario al parecer, que tiene el suyo en cada una de las lenguas nativas: así, por ejemplo, en náhuatl se dice metl, en otomí guada, en purépecha atocamba, en casi todas las variantes del maya ki, en wirrárica kaku’yste, en ópata vitzo, etcétera.

Precisamente ante tal variedad, los españoles optaron por imponer la palabra maguey que se trajeron del Caribe, que es la que ahora domina, aunque algunos ahora prefieren usarla solamente para referirse al productor del famoso y antiquísimo pulque, ese fermentado al que “solamente le falta un grado para ser carne”.

Antes de que llegaran los españoles y aportaran la técnica de la destilación, que, según se dice, Arnau de Vilanova había traído del mundo árabe a tierras ibéricas, el corazón del agave tatemado, lo que más propiamente debe llamarse mezcal (“lo que se cuece”, en náhuatl) ya se comía como golosina igual que lo hacíamos nosotros de chicos.

Pero además, dicha planta tenía muchas otras funciones: la fibra de sus hojas daba lugar a mecates y a muchas prendas de vestir usadas por los macehuales. Asimismo eran empleadas en la elaboración de una suerte de papel con el que se hacían los famosos amoxtli o libros.

Por su parte, las puntas de las hojas eran utilizadas como clavos o agujas y para la inmolación ceremonial. Las hojas secas cubrían techos o eran utilizadas para hacer fuego, además de que sus cenizas eran buenas para hacer una suerte de lejía.

También tenía, ¡claro!, uso medicinal, ya que el zumo caliente servía para curar una herida, una llaga y hasta una mordedura de víbora no venenosa. Con justicia se ha considerado dicha planta un verdadero “mil usos” del México prehispánico y una bendición del moderno.

Para Claudio Jiménez Vizcarra

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