Refrescos: ¿riesgo edulcorado?

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Evidencias científicas asocian el consumo cotidiano de bebidas azucaradas con males metabólicos; industriales del ramo niegan que sean causa única y directa

Por Guillermo Cárdenas Guzmán, El Universal, 14 de enero de 2013

El consumo excesivo de bebidas que contienen azúcar refinada nuevamente está a discusión y podría convertirse en un “trago amargo” para las autoridades de salud.

De 1980 a 2010 la prevalencia del sobrepeso y la obesidad se triplicó en México, sobre todo entre la población adulta: 39.5% de hombres y mujeres padecen el primero, mientras 31.7% está afectado por la segunda, es decir, casi 70% de los mexicanos tiene masa corporal inadecuada.

Ante este panorama se han adoptado diversas medidas como el Acuerdo Nacional de Salud Alimentaria, establecido en 2010. Y en diciembre pasado el Senado turnó a la Cámara de Diputados una iniciativa para gravar con un impuesto especial de 20% a productos endulzados con azúcares, aguas naturales y minerales gasificadas, así como polvos, jarabes o extractos.

Una de las promotoras de la iniciativa, la senadora panista Marcela Torres Peimbert, argumentó que con ella se busca desalentar el consumo de esos productos, a los que señaló como causa de los problemas de sobrepeso y obesidad en el país.

Pero Emilio Herrera, director de la Asociación Nacional de Productores de Refrescos y Aguas Carbonatadas (Anprac), rechazó que se atribuya a un solo producto la aparición de trastornos metabólicos: “no existe evidencia científica ni estadística que relacione al consumo de refresco con la obesidad”.

Según informes de la organización El Poder del Consumidor, la aportación calórica de los refrescos (con sacarosa y fructosa) a la dieta promedio del mexicano llega a 25%. Pero el directivo de la Anprac señala que dicha contribución es de sólo el 5.2% y que el consumo de esos productos endulzados se ha mantenido estable en el país, con una tasa de crecimiento acumulado del 7% en los últimos 20 años.

Problema multifactorial

Ranier Guitiérrez Mendoza, del Centro de Investigación y Estudios Avanzados reconoce que el consumo de cualquier azúcar o edulcorante en sí mismo no es dañino para la salud humana desde el punto de vista toxicológico: se hace nocivo cuando se da reiteradamente y excede los requerimientos diarios de calorías del individuo (unas 2 mil 500, que varían según el peso y la actividad física).

“Existe amplia evidencia científica de que el consumo diario de bebidas con azúcares refinados (sacarosa), así como jarabe de maíz de alta fructosa incrementa la aportación de calorías, lo cual conlleva a una ganancia de peso que a su vez puede derivar en obesidad y luego en diabetes tipo 2”, añade el científico del Laboratorio de Neurobiología del Apetito.

Organizaciones sociales que apoyan el nuevo gravamen dicen que esta medida se justifica en vista de que, por ejemplo, la industria tabacalera, que al principio se negaba a admitir los daños asociados con el cigarrillo, tuvo que ceder ante demandas legales. El Poder del Consumidor (EPC) reitera que hay suficientes estudios donde se muestra la asociación entre consumo de refrescos, obesidad, diabetes y síndrome metabólico.

Uno de los trabajos que cita es el de HR Lustig, de la División de Endocrinología en la Universidad de California en San Francisco y publicado en 2010 en el Journal of American Dietetic Association. En él se documenta la influencia del consumo de fructosa en el desarrollo del llamado síndrome metabólico, que abarca hipertensión arterial, elevación de triglicéridos y resistencia a la insulina.

Por su parte Ranier Gutiérrez menciona otro estudio de Schulze y Manson, publicado en el Journal of American Medical Association en 2004 en el cual evaluaron a más de 91 mil mujeres durante un lapso de 8 años. Los autores vieron que el consumo de una o más sodas al día se asoció con un riesgo dos veces mayor de desarrollar diabetes mellitus frente a quienes tomaron menos de una al mes.

Impuestos, el debate

En países como Francia, Dinamarca y EU se han establecido gravámenes a las bebidas azucaradas similares a los que proponen los legisladores mexicanos. El Consejo de Salud de la Ciudad de Nueva York aprobó en 2012 una restricción para que restaurantes, cines y puestos en la calle vendan sodas en envases de más de 16 onzas (medio litro), de modo que el consumidor deberá pagar por las porciones extra que ordene y que excedan esa cantidad.

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