Rancho Vía Orgánica: un año de educación, inspiración y oportunidades

Por Meritxell Solé Estiu

En el transcurso de este año, el rancho educativo de Vía Orgánica ha recibido alrededor de 1,400 visitas. Más de la mitad de estas visitas fueron grupos escolares y universitarios, tanto del estado de Guanajuato como de otros estados de la República; la otra mitad, familias, parejas, grupos de amigos, organizaciones, grupos de comunidades y gente involucrada en proyectos de agricultura orgánica y vida sustentable. En todos los casos, se trate de un estudiante de agronomía o de una persona que vive en un entorno urbano, después de esta experiencia interactiva todos se van empoderados, con una renovada inspiración para implementar nuevas técnicas en su jardín o huerto y hábitos en su alimentación y estilo de vida.

De alguna manera, todos se van más conectados con la tierra, con su entorno, con las estaciones de año y los diferentes alimentos que cada una nos trae, con lo que comían nuestros ancestros y que, poco a poco, por influencia de las grandes corporaciones de la industria de la alimentación y la agroindustria, estamos olvidando.

Una de las visitas más memorables e inspiradoras de este año fue la de la escuela comunitaria Sabes Cerrito, el pasado mes de setiembre. Se trataba de un grupo de 35 estudiantes de 16 y 17 años de 27 diferentes comunidades rurales de San Miguel de Allende, acompañados por la profesora Alejandra López y Henry Miller, coordinador del proyecto “Cuencas, Gente, Agua y Cambio Climático, Procesos de Adaptación en la Sub-cuenca Támbula-Picachos”. Esta visita tenía como objetivo complementar el módulo de soberanía alimentaria y formar a promotores para que más adelante puedan educar a otras personas y replicar lo que vieron y aprendieron, en diferentes comunidades. Todos ellos provienen de familias de bajos ingresos y que, en su mayoría, aún cultivan la tierra. Sin embargo, estos jóvenes no tienen intención de ser campesinos. Más del 90% de los estudiantes tienen un migrante en la familia, así que no es extraño que la mayoría de estos estudiantes abandonen sus comunidades para cruzar la frontera en busca de trabajo y oportunidades.

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A través de esta experiencia vivencial, educativa e interactiva en el rancho, el visitante recibe gran cantidad de estímulos que a su vez generan emociones: alegría al ver una pequeña semilla empezando a germinar; amor al ver las plantas de maíz, recordando las abundantes cosechas del abuelo y los ricos elotes que nos cocinaba la abuela; tristeza y enojo al ver cómo nuestros suelos están cada día más degradados y ya no pueden darnos alimentos nutritivos; miedo al preguntarnos ¿qué mundo les estamos dejando a nuestros hijos y nietos? Es más, mediante actividades prácticas – como preguntarles “¿qué es el suelo para ti?” (foto de abajo)- conseguimos que reflexionen, que hagan una interpretación emocional de lo que han visto. Henry Miller destaca que «a través de estos recorridos educativos, abrimos el universo de posibilidades en cuanto a oficios, para incluir la producción sustentable de alimentos como opción. Queremos no sólo que no se vayan sino que participen dentro de la sociedad”.

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¿Y qué creen que hicieron la mayoría de estudiantes de Sabes Cerrito – o los que nos visitan de otros centros- después de su visita al rancho? Compartieron lo que aprendieron y lo que vieron con sus papás y amigos, propagando el mensaje de esperanza y regeneración, contagiando a sus allegados con su ilusión y sus ganas de implementar estas técnicas sustentables de producción de alimentos y manejo de la tierra.

Estas experiencias educativas no sólo tienen un efecto sobre los estudiantes. Por un lado, para los maestros de estas escuelas, estas visitas son importantes fuentes de materia prima para sus clases y les dan la posibilidad de hacer analogía directa con algo que estos chicos han visto, probado, sentido. El rancho es un aula didáctica que apoya todo el proceso de educación, complementario a las materias que todos los estudiantes ven en clase: matemáticas, geografía, lengua, etc. Por otro lado, para madres y padres con tierras de cultivo, este renovado interés por la agricultura despertado en sus hijos durante la visita, supone la posibilidad de legarles este patrimonio con más garantías. Con los conocimientos adquiridos durante su visita al rancho educativo, estos jóvenes pueden replicar las técnicas y sistemas que vieron a sus tierras y darle mejor manejo a la tierra, reduciendo costos e incrementando rendimientos y productividad.  Con el incremento de la calidad y cantidad de alimentos disponibles, aumenta la seguridad alimentaria y se asegura la permanencia de la familia en esta área, reduciendo la migración y la desintegración familiar. En definitiva, hay un aumento de la calidad de vida.

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En efecto, el acceso a la información, la educación y la capacitación promueven la regeneración social de las comunidades rurales. El desarrollo de las capacidades de la gente del campo es imprescindible para que las comunidades rurales dejen atrás la agricultura de subsistencia y superen la pobreza. Es sumamente importante capacitar, inspirar y empoderar las nuevas generaciones y crear espacios donde estos jóvenes encuentren respuestas a sus inquietudes de entender y participar. No podemos continuar con un modelo de producción de alimentos degenerativo que envenena las personas y el medio ambiente y que nos condena a la dependencia, la injusticia y la desigualdad social. Este tipo de experiencias sirven para dar esperanza, herramientas y apoyo a estos jóvenes para que puedan mejorar su calidad de vida, la de sus familias y la de su comunidad.

De ahí la importancia de que existan espacios y proyectos educativos que sirvan de fuente de información y de modelo para que las personas vengan, aprendan y adquieran las habilidades y conocimientos necesarios para poder replicar estas técnicas y sistemas sustentables y regenerativos de producción de alimentos y manejo de recursos naturales.