Memoria del paisaje

Por César Moheno, La Jornada, 25 de febrero de 2013

Hace unos días recordaba los vuelos que desde hace un cuarto de siglo realizo regularmente a Bonampak y Yaxchilán. El verde surcado por mil y un cuerpos de agua iluminan la contemplación y el recuerdo de tiempos idos se agita a una velocidad sin freno.

De repente, un corte de la visión se hace presente. Una frontera contundente ensombrece la mirada y el cuerpo entero se estremece. El poroso lindero que a ras de tierra intenta separar a México y Guatemala se convierte en un contundente universo de selva verde que, del lado sur de la frontera, es un vivo muro enorme que guarda como un jardín de vida y, del lado norte, el nuestro de la linde, sólo un potrero enorme se atisba.

Dice Patti Smith en El mar de coral que gracias a la bondad de Dios nuestros campos e invernaderos están repletos de flores con las que hacer ramos que podemos enviarnos los unos a los otros como dádiva. Y que gracias a otro gesto bondadoso ciertas flores han sido arrancadas y atadas por la mano de una persona con un audaz sentido del color, la forma y la personalidad de la flor.

El recuerdo del viaje sobre el mar de selva verde por el sur de nuestro suelo parece afirmar que el enorme gesto de amor de crear un ramo de flores, que nos trae a la memoria Patti Smith, será ya, cada vez más, una rareza.

En los pasados 10 años México ha perdido, en promedio, más de 700 mil hectáreas de bosques al año –es decir, hemos perdido poco más de 7 millones de hectáreas boscosas desde 2002– y se estima que 64 por ciento de los suelos de nuestro país presentan algún estado de degradación. De entre ellos, 18 por ciento de la superficie de la nación presenta degradación química.

Si nos fijamos en un solo elemento de nuestra biodiversidad, la fauna, encontramos que la tasa actual de extinción es hasta mil veces superior a la del registro fósil que se tiene y que la proyección de la tasa de extinción de animales que viven actualmente en México es 10 veces superior a la tasa actual. Lo que también significa que hoy, mientras realizamos nuestra vida cotidiana de los lunes, 9 por ciento de los peces, 30 por ciento de las aves, 55 por ciento de los anfibios, 58 por ciento de los reptiles y 62 por ciento de las especies conocidas de mamíferos que conviven con nosotros en nuestro territorio están en peligro de extinguirse para siempre jamás.

En menos de 60 años, entre 1950 y 2007, la disponibilidad natural media per cápita de agua en México se contrajo 75 por ciento, al pasar de 18 mil 35 a 4 mil 312 metros cúbicos por habitante al año. Una persona que vive en una ciudad utiliza, en promedio, 250 litros de agua al día. Este gasto inusitado ha llevado a nuestro país a importar, cada año, 50 mil metros cúbicos de agua de Guatemala y Estados Unidos.

El agotamiento de los recursos naturales y la degradación del medio ambiente relacionados con procesos productivos representan un costo anual de 942 mil millones de pesos, equivalente a 7.9 por ciento del producto interno bruto. La cifra que calcula los gastos en los que tendría que incurrir la sociedad mexicana para atender el daño ecológico se incrementó alrededor de 15 por ciento entre 2007 y 2012, y equivale a más de 20 veces el presupuesto del ramo ambiental para este año.

¿Quién parará esta locura?, se pregunta Susana Harp, a un tiempo dulce y guerrera, en los conciertos de Aguadiosa. Después de reunir una decena de piezas del cancionero mexicano de los años recientes y una que otra del Caribe, mar que une a pueblos y culturas, Susana Harp grabó un disco y se echó a la carretera para invitar a construir una respuesta común y compartida a esa pregunta.

En los cuatro rumbos del país se presenta, canta, hace pensar y bailar, y crea fiesta con un cúmulo de imágenes, videos y detallada información sobre la riqueza de nuestra biodiversidad, los terribles peligros a que la sometemos y los miles de hombres y mujeres que desde las organizaciones de la sociedad civil luchan a brazo partido por la conservación de la naturaleza y nuestro medio ambiente a cabalidad. Se recupera la idea del concierto como una ceremonia común, gozosa, digna de festejarse. Cada vez que tengo la suerte de compartirla, regocijado, pienso que estoy viviendo una profunda celebración educativa y que sería una gran oportunidad para sembrar memoria del paisaje entre los jóvenes que cursan los bachilleratos públicos. Ellos también –más que nadie, quizá– son la gran fuerza de México.

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