Mala hierba que no muere

Por Hermann Bellinghausen, La Jornada, 21 de septiembre de 2015

Una parábola del capitalismo tardío. Existe una planta silvestre nativa del actual Estados Unidos, un rastrojo conocido como horseweed o hierba caballo, cola de yegua, Conyza canadiensis, erigerón de Canadá, hierba carnicera, crisantelmo, lirio compuesto y zarramaga entre otros nombres (para la gente común suele no tener ninguno).

Es una lata para los agricultores, daña maizales, cañaverales, y ahora los campos de no-labranza y de transgénicos, especialmente soya. Gracias al descubrimiento de América este hierbajo se extendió a los cinco continentes. Suele ser inofensivo. Para la tribu zuñí era una planta sagrada.

Posee usos medicinales comprobados: elimina el ácido úrico y combate la gota, alivia reumas y cistitis, controla la diarrea. No vale nada, es decir, no se vende. Crece dondequiera. Llega a medir 50 centímetros, con un sólo tallo. Si se le permite, se vuelve un arbusto de hasta dos metros.

En Mesoamérica es una de las hierbas que los milperos eliminan para salud del maíz y el frijolar. Gracias a la tecnología y el mercado, concretamente al RoundUp de Monsanto, el erigerón o coniza (otro de sus nombres) pareció controlado, mas tuvo el mérito de ser la primera planta decididamente resistente al herbicida glifosato, hoy empleado en todo el mundo (aunque Francia lo prohibió recientemente), un producto polémico que, al igual que a los políticos y los famosos, los ataques, las denuncias y las burlas le sirven de espuma. Lo que no mata engorda. Que lo diga la modesta horseweed.

Conforme se industrializó la agricultura a gran escala, los herbicidas químicos y los fertilizantes ídem se volvieron indispensables. Sus usuarios empezaron como con la penicilina y acabaron como la heroína, enganchados a dosis cada vez mayores y sin alternativa. RoundUp ha sido la estrella de Monsanto.

Ayudó a lavarle la cara a la empresa, que al concluir la guerra de Vietnam estaba identificada con el letal desfoliante agente naranja. El desarrollo y la comercialización del nuevo producto catapultó la firma al bando de los buenos. Si bien mucho se ha investigado, escrito y difundido en contra suya, mucho más se invierte, publica y publicita en favor del glifosato.

Agresivamente llegado el caso, en tribunales o mediante agresiones anónimas, advertencias y cosas así. También debemos a Monsanto la hormona de crecimiento bovina (prohibida en Europa, no en México ni Estados Unidos) y los dichosos transgénicos, un mercado colosal que comparte con otras trasnacionales.

¿Cómo fue que una fábrica de venenos, fundada en 1901, devino protectora de las ciencias de la vida, santa, verde y todopoderosa? Marie-Monique Robin hizo ya una disección implacable en El mundo según Monsanto (Èditions La Découverte, París, 2008), concluyendo (y no es la única) que la empresa incurre en conductas criminales mientras se pinta de verde y sin que usted se dé cuenta se hace presente en los alimentos que lleva a su mesa.

Como se sabe, el principal cargo contra el glifosato es que produce o facilita el cáncer en humanos. Ante ello, la firma ha dedicado millones de dólares en promover investigaciones favorables y generar las evidencias científicas que, según se ufanan los ejecutivos de Monsanto, constituyen la documentación científica más numerosa en la historia. En tanto, combaten a sus detractores, van tras ellos si publican en revistas científicas de prestigio, asedian institutos, difaman a organizaciones civiles y periodistas, aplastan a consumidores y campesinos rebeldes. Nada los detiene.

La agricultura industrial, la mejorada y hoy la transgénica basan parte de su éxito en la eliminación radical de plagas. Millones de personas han fumigado y han sido fumigadas con glifosato para vencer especímenes vegetales y fúngicos que engrosan la nómina de plagas para las cuales la industria ofrece antídotos.

Pero nuestro rastrojo lleva la delantera. Ohio fue el primer lugar donde se declaró enemigo público a esta planta estadunidense, nativa como la que más. ¿Qué dicen a esto los nativistas que desean volver a la flora virginal del año 1500? Nada. O lo que disponga Monsanto, la de los transgénicos que fueron diseñados para resistir sus venenos, y que se mueran los feos.

Andrew Cockburn recoge en el número 1984 de Harper’s (septiembre de 2015) informaciones alarmantes. Destaca que esta planta, blanco natural del herbicida, en años recientes ha desarrollado un nuevo tipo, un superrastrojo producto de años de tratamiento con glifosato; no sólo se niega a morir con dosis cuatro veces mayores a las recomendadas, sino que parece ganar fuerza con la exposición al herbicida.

Como los monstruos de David Cronenberg. Crece hasta cuatro metros, añade Cockburn, con ramas tan gruesas que, de acuerdo con un agricultor, atasca las máquinas cosechadoras. En otras palabras, “un alien muy invasivo, nacido en Estados Unidos”.

Lo que no mata al rastrojo lo engorda. Lo agiganta. Ay nanita, pasa las palomitas, ya nos cayó Godzilla.

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