Maíces nativos en México: incentivar su consumo y defensa

Por Mercedes López, La Jornada del Campo, 16/08/2025, p.7

México es centro de origen, domesticación y diversificación permanente del maíz, con 64 razas y cientos de variedades sembradas a todas alturas, desde el nivel del mar hasta las altas montañas; en climas diversos, calurosos, lluviosos o áridos; de diversos colores: blancos, amarillos, azules, negros, rojos, moteados… Es insumo para artesanías y construcción; medicina natural; centro de ritos y celebraciones religiosas a lo largo y ancho del territorio, así como abono orgánico.
Pero sobre todo, desde hace 10 mil años, el maíz es base de una alimentación sana, de calidad, tradicional y local, con cientos de bebidas y alimentos tradicionales: tortillas, quesadillas, tostadas, huaraches, esquites, atoles, tamales, sopes, tlayudas, pozole, palomitas, tamales, nicoatole, tejate, tejuino, pozol, entre otros, y es parte de la diversidad y patrimonio biocultural de México.
En tiempos recientes, la defensa de los maíces nativos en México ha sido el centro de una batalla política, mediática, legislativa, económica y a nivel soberano que, afortunadamente, se ganó a favor de la biodiversidad de las generaciones presentes y futuras, con las reformas a los artículos 4º y 27 de la Constitución Política Mexicana. Quedó establecido que su cultivo debe ser libre de modificaciones genéticas, sin rebasar las barreras naturales de reproducción o recombinación, con el fomento del sistema milpa y de cultivos tradicionales, entre otras medidas.
No obstante, persisten diversos peligros contra los maíces nativos, como el abandono del campo desde la firma del TLCAN en los años 90 del siglo pasado, la falta de incentivos para producir milpa y alimentos locales en el campo, la pérdida de cultivos diversos, la contaminación de la tierra y el agua por el uso excesivo de agroquímicos y semillas transgénicas, así como la falta de un pago justo a quienes nos alimentan, resistiendo a los monocultivos y al modelo de producción industrial.
Y en especial, por las presiones del gobierno de Estados Unidos, el cual presentó un panel de controversias que, a fines de 2024, falló contra la determinación soberana del gobierno de México de no usar maíces amarillos importados de Estados Unidos –genéticamente modificados en un 90%– en la masa para alimentos básicos, como la tortilla y sus derivados.
Es un gran negocio para los rancheros gringos, que siembran sus cultivos con altos subsidios de su
gobierno, aunque también han sufrido daños a la salud por esos cultivos; además, sus tierras y aguas han sido contaminadas, y ha bajado su producción, lo que ha requerido cada vez más cantidad de glifosato, el herbicida parte del paquete tecnológico de los OGMs.
Diversos estudios han demostrado que en México la masa para tortilla y otros alimentos, tanto industrial como artesanal, contiene glifosato y transgénicos todo indica que éstos provienen de los maíces amarillos forrajeros que son mezclados en esas masas de forma irresponsable por grandes empresas como Maseca o Minsa, lo que daña la salud y la dieta de la población mexicana.
Aparte de problemas como autismo y cáncer por esas mezclas, estamos cambiando radicalmente nuestra dieta, pasando de consumir productos de la milpa a bebidas y alimentos ultraprocesados, que han provocado una pandemia de obesidad y enfermedades como diabetes, cáncer o presión alta.
Hoy 70% de las y los adultos tienen obesidad en nuestro país, que está entre los primeros lugares en el mundo, junto con Estados Unidos, China, India, Brasil, Pakistán y Alemania, entre otros. La alimentación de la milpa, basada en maíces nativos, frijoles, chayotes, calabazas, jitomate, chile y quelites, se está perdiendo. Además, se ha reducido 22% el consumo de tortillas per cápita en los últimos años, aunque siguen siendo (sobre todo las nixtamalizadas) nuestra fuente principal de fibra, carbohidratos, proteínas, magnesio, fósforo, potasio, calcio y diversas vitaminas.
Por ello, ante todo por la defensa de la soberanía y seguridad alimentarias, es importante fortalecer la producción interna de maíces nativos para consumo humano en México, que actualmente es de poco más de 27 millones de toneladas producidas en siete millones de hectáreas de 32 estados del país, con un consumo per cápita anual de 196.4 kilos, lo cual nos hizo autosuficientes, al menos hasta el año pasado. En cambio, existe déficit en maíces amarillos para consumo animal e industrial: importamos de Estados Unidos unos 17 millones de toneladas, más de 90% de ellos genéticamente modificados.
Los principales maíces para consumo humano son el blanco –para nixtamal, harina y autoconsumo– y el amarillo –usado por varias industrias, para almidón y autoconsumo–, todos ellos no genéticamente modificados; precepto instaurado a través de una medida cautelar otorgada a la demanda colectiva contra el maíz transgénico en septiembre de 2013 y ratificada en 2021 por la Suprema Corte, mientras se mantenga la demanda colectiva contra el maíz GM.
Los maíces nativos dan sustento alimentario, económico, cultural y religioso. Cuando se siembran en milpa de forma agroecológica, capturan el carbono del medio ambiente y lo regresan a la tierra, humedeciéndola y restaurándola; ello contribuye a proteger el planeta del cambio climático.
El reto es mantener en el país esa producción de milpa agroecológica, así como recuperar la de maíces
forrajeros y de uso industrial, sin el uso de tecnologías con modificaciones genéticas de cualquier índole ni de monocultivos. Así apoyaremos la economía campesina local y dejaremos de depender del gobierno imperialista y hostigador que encabeza Donald Trump.
Una forma de lograrlo es a través del proyecto Milpa Intercalada con Árboles Frutales, desarrollada por el doctor Antonio Turrent, del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias, quien propone recuperar tierras ganaderas de uso extensivo para sembrar milpa junto con árboles frutales endémicos de las regiones, tanto para reconstituir paisajes, como para fortalecer la alimentación y economía campesinas, tan duramente castigadas en los últimos años.
Asimismo, se deben instaurar políticas públicas integrales con capacitación en el campo para rescatar la milpa agroecológica, brindar estímulos económicos a las comunidades campesinas, establecer cadenas cortas de distribución de alimentos, a precios justos y accesibles a toda la población para enfrentar la avalancha de ultraprocesados.
En estas políticas las mujeres deben ocupar un lugar central, pues están presentes en todas las etapas de la producción de alimentos y contribuyen a la resiliencia, al elegir las mejores semillas resistentes a lluvia y sequía y participar en la conservación de la biodiversidad. Sin embargo, no reciben ningún estímulo o reconocimiento, por no tener la titularidad de las tierras, pese a que el campo se ha feminizado. Reconocer el papel de las mujeres en la agricultura es fundamental para lograr cosechas abundantes y sociedades fuertes y resilientes.
Finalmente, deseo resaltar y celebrar el reciente triunfo en las reformas constitucionales. No son una concesión del gobierno, a quien se agradece este compromiso, sino resultado de una tradición de lucha cultivada por múltiples actores y actoras que, de manera comprometida, ética y soberana, han defendido la riqueza de nuestro legado cultural, gastronómico, artesanal, medicinal, cosmogónico y tradicional reflejado en los maíces de múltiples colores, sabrosos, grandes, pequeños, palomeros, para tortillas, atole, sopes, tlayudas y una variedad de bebidas y platillos que nos enriquecen, alimentan el alma y el espíritu y son parte de una identidad que nos hace un pueblo libre y soberano