Laboratorios artesanales: ciencia viva en manos campesinas

Por Teolincacihuatl Romero Rosales, 17 de enero de 2026, La Jornada del Campo, p.19

En medio de los surcos resecos de un campo golpeado por los huracanes y el abandono, germina una nueva semilla: la del conocimiento campesino reavivado. No se trata de un laboratorio blanco, lleno de tubos de ensayo y batas, sino de una cocina de tierra apisonada donde el fuego hierve olotes, y las manos campesinas inoculan esperanza. Allí, mujeres de las escuelas campesinas del sur de Guerrero han aprendido a reproducir sus propios microorganismos benéficos: hongos como Trichoderma o Beauveria, aliados invisibles que devuelven la vida a los suelos. Este acto, aparentemente sencillo, encierra una revolución silenciosa. En lugar de comprar un bote de biocontrol (microbiología a la venta), las productoras elaboran sus propias cepas con un costo menor a diez pesos por bolsa. Ese simple hecho las coloca en otro lugar del sistema agroalimentario: del consumo dependiente a la autonomía creadora. Ya no son compradoras de soluciones empaquetadas, sino productoras de vida microscópica, y ese tránsito del gasto a la creación, es también una forma de emancipación.

Del laboratorio corporativo al laboratorio comunitario

Durante décadas, el modelo agrícola impuesto empujó al campesinado a depender de agrotóxicos y productos industriales. Los mismos que prometían abundancia acabaron enfermando la tierra, las aguas y los cuerpos. En
las comunidades rurales de Acapulco, Tecoanapa y Costa Chica, el monocultivo y los plaguicidas dejaron heridas profundas: suelos agotados, cosechas débiles, enfermedades recurrentes y un conocimiento ancestral relegado al olvido. Hoy, los laboratorios artesanales rurales nacen como respuesta a esa historia de despojo. Son espacios sencillos, levantados con bejuco, madera y mesas recicladas. En lugar de sofisticación, hay orden, limpieza y dignidad. En lugar de equipos costosos, vaporeras, frascos y cajas transparentes. En lugar de jerarquías, círculos de aprendizaje donde cada mujer enseña a otra. La ciencia, despojada de su elitismo, se convierte en herramienta de autogestión.
“Nos dimos cuenta de que podemos hacer lo que las empresas hacen -dice una de las participantes- pero con nuestras manos, con nuestras semillas, con nuestros olotes”. Lo que antes era un laboratorio industrial se vuelve ahora un laboratorio comunal, donde la ciencia y el afecto se entretejen.

Microorganismos que curan la tierra

Los bioinsumos son organismos vivos que ayudan a equilibrar los agroecosistemas: hongos y bacterias que fortalecen las raíces, protegen de plagas y devuelven la fertilidad perdida. En los laboratorios artesanales, estos microorganismos son aislados, reproducidos y aplicados en las milpas, con resultados visibles: plantas más vigorosas, menos enfermedades y una mejora evidente en la calidad del suelo.
El proceso es tan artesanal como científico: olotes de maíz lavados, esterilizados y colonizados con esporas. En quince días, las bolsas se tiñen de verde o blanco, signo de que la vida microscópica está lista para volver a la tierra.
“Es impresionante ver cómo algo tan pequeño puede transformar tanto”, -dicen campesinas mientras muestran sus bolsas con orgullo-. Esa es la nueva alquimia del campo: transformar residuos en insumos, dependencia en autonomía, miedo en conocimiento.

La educación popular como raíz de la soberanía alimentaria

Los laboratorios artesanales son también escuelas de pensamiento crítico. No solo producen hongos, sino conciencia. En cada sesión se discute qué significa depender de insumos comprados, cómo la agroindustria disfrazó la dependencia de “modernización” y cómo recuperar el principio de que la tierra tiene su propia medicina. Estas experiencias parten de las Escuelas Campesinas de Mujeres, donde se practica una agroecología campesina por y para la vida. Ahí, la ciencia moderna dialoga con los saberes locales y las prácticas ancestrales.
No hay recetas cerradas, sino aprendizaje colectivo. Y ese diálogo transforma no solo el suelo, sino las relaciones humanas: la mujer campesina se convierte en científica de su propio territorio, en guardiana de microorganismos nativos, en creadora de soberanía alimentaria.

Autonomía que florece

El impacto social de estos laboratorios va más allá de los resultados agronómicos/biotecnológicos. Se ha generado una red de 120 productoras/campesinas capacitadas en cuatro comunidades de Acapulco rural, se inició en la Costa chica de Guerrero y se ha ido caminando hacia el fortalecimiento del poder y las capacidades de las mujeres rurales de este puerto, que hoy elaboran sus propios bioinsumos y los aplican en cultivos asociados al sistema milpa: maíz, calabaza, frijol, jamaica, ajonjolí y frutales. La reducción de costos, el aumento del rendimiento y la mejora en la salud del suelo son evidentes. Pero el cambio más profundo es simbólico: el orgullo de volver a ser protagonistas
del conocimiento.
Cuando las mujeres reproducen Trichoderma o Beauveria con sus propias manos, están reproduciendo también su poder colectivo. Están demostrando que la ciencia no pertenece a los laboratorios cerrados, sino a los pueblos que cultivan vida. Cada bolsa que brota de sus vaporeras es una victoria frente al mercado que quiso privatizar la fertilidad.

Agroecología para la independencia

En tiempos donde la “agricultura orgánica” se ha vuelto también un negocio, hablar de laboratorios artesanales es hablar de independencia epistemológica y económica. No basta con sustituir los agroquímicos por productos “verdes” comprados: el verdadero cambio ocurre cuando los campesinos elaboran sus propios medios de producción.
Cuando el conocimiento se comparte en comunidad, cuando la ciencia se democratiza, y cuando la fertilidad deja de venderse para volver a cultivarse.
En Guerrero, las mujeres campesinas han demostrado que la agroecología no es solo una técnica, sino una forma de vida. Que la soberanía alimentaria no se decreta: se siembra, se reproduce y se comparte. Y que el laboratorio más poderoso no es el de acero inoxidable, sino el corazón de una comunidad que decidió volver a confiar en su propio saber.

Epílogo: las manos que siembran ciencia

Al caer la tarde, las mujeres guardan sus bolsas llenas de micelio como quien guarda un tesoro. No solo contienen hongos, sino la posibilidad de un futuro distinto. En cada espora late un mensaje: podemos hacerlo nosotras mismas.
Como dice Gustavo Duch: “mucha gente en pequeños espacios, en muchos lugares pequeños, cultivará pequeños huertos que alimentarán al mundo”. Y podríamos agregar: muchas mujeres campesinas, en muchos pueblos de Guerrero, cultivarán microorganismos pequeños que curarán la tierra y alimentarán la esperanza.