La urea de Ormuz o la necesidad de una transición agroecológica de nuestros sistemas agroalimentarios
Por Alberto Sanz Cobeña y Eduardo Aguilera Fernández
A finales del pasado mes de marzo, las personas asesinadas en los ataques a Irán eran más de 2.000, según datos de la Cruz Roja. Si bien este es el mayor drama que deja el conflicto en la zona tras los ataques de Estados Unidos, los ecos del impacto económico nos llegan aquí, como casi siempre (y por desgracia), más nítidamente que los gritos de dolor y rabia de las víctimas en el terreno.
Los gobiernos del mundo, con especial foco en la dependiente Europa, han reaccionado para mitigar el impacto de la guerra en nuestras economías nacionales y domésticas.
Al igual que la COVID-19, el shock derivado del casi total cierre del Estrecho de Ormuz pone de manifiesto nuestra extrema fragilidad en el marco de una economía hiperglobalizada y superconectada a escala mundo. Y, una vez más, la respuesta inmediata, acuciada por la urgencia, es de índole paliativo: inyectar recursos públicos para paliar los costes del cierre de Ormuz en nuestros bolsillos.

