La milpa en la ciudad

Por Elievf León Estudiante del Doctorado en Desarrollo Rural, UAM Xochimilco, este artículo es parte de una investigación en proceso leonelievf@gmail.com Coautor@s: Margarito Saldívar, Salvador A. Sánchez, Ma. Del Carmen Nava, Pedro Velázquez. La Jornada del Campo. 18/04/2026

San Bartolo Ameyalco, pueblo ubicado en la Alcaldía Álvaro Obregón en la Ciudad de México (CDMX), ha vivido diferentes despojos desde la época de la Colonia, pero ha defendido sus bienes naturales a través de procesos legales y prácticas bioculturales que guardan tradición e identidad.
Hoy en día, los habitantes nativos siguen viviendo transformaciones socioambientales por el crecimiento urbano, trastocando sus percepciones, emociones y sus prácticas cotidianas. Como menciona el Sr.  Margarito: “Ya nos están alcanzando! Mira todo eso en el paraje El Caballito. La urbanización nos está arrinconando”.

Transformaciones
La disminución de bosque y la zona milpera, la entubación del manantial, el aumento de edificios privados y de colonias formadas por asentamientos humanos, han provocado cambios en la relación entre la comunidad y los elementos naturales. La contaminación se hace presente en barrancas,  perturbando el hábitat de varios mamíferos, aves y reptiles. Donde había vegetación ahora hay calles y casas. Se disfrutaba de cuerpos de agua, hoy la disponibilidad del vital líquido ha disminuido.
Y como menciona el Sr. Salvador: “Actualmente sentimos que los jóvenes hacen otras actividades… ¿Quién sembrará la tierra? Posiblemente, nosotros seamos la última generación de productores”.

Expropiaciones
Alrededor de la década de 1970, en el pueblo, se empezó a correr el rumor sobre una solicitud para expropiar una vasta superficie ejidal, por parte del gobierno. Revisando el Diario Oficial de la Nación, se encontró que el promovente fue la Comisión para la Regularización de la Tenencia de la Tierra. Esta situación hizo que muchos de ellos empezarán a vender sus lotes a particulares, pues el valor del metro cuadrado iba a ser mejor pagado por la gente que buscaba vivir en la ciudad, que por el propio gobierno.
Después de algunos amparos a la resolución, el Decreto Presidencial se presentó en 1994. Hubo otras expropiaciones de tierras, promovidas por la Secretaría de Comunicaciones y Transporte y la Comisión Federal de Electricidad, que abonaron al desplazamiento de la actividad agrícola por la construcción de casas, andadores, torres de luz, nuevas vías de movilidad, etcétera, algunos ejidatarios buscaron opciones para seguir haciendo milpa y, gracias a los vínculos sociales comunitarios, pudieron continuar.

Mujeres y jóvenes
En esos años el Sr. Nava, a pesar de la expansión de la ciudad y de los comentarios sobre la ausencia de progenie masculina en su familia, subía el monte, a la milpa con Carmen, una de sus hijas, quien recuerda: “Desde aquella época existe el robo de cosecha. A mí me daba coraje por eso. Y también porque le decían a mi papá: para qué tienes mucho terreno si tienes puras mujeres”.
En las resoluciones de dotación y restitución de tierras, que se empezaron a decretar durante la revolución, se estipulaba que los únicos capacitados en materia agraria eran los hombres mayores de 18 años. En esa época, en la ciudad se carecía de alimentos, por lo que, el campo era la única opción laboral para la mayoría. Sin embargo, aun cuando las mujeres y jóvenes fueran parte importante para seguir haciendo milpa, no se les concedía el derecho de tener tierras.
Al presente el reconocimiento a la mujer ha ido creciendo en diferentes espacios de la comunidad. “No ha sido fácil” mencionan varias compañeras.

Bioculturalidad
En el pueblo, las prácticas cotidianas tienen un componente biocultural que inicia con el vínculo entre las personas y elementos naturales, como son: la tierra, el bosque, los manantiales, la luna, los animales, los
hongos, las plantas comestibles y medicinales, etc. Este vínculo se hereda y fortalece a través de los significados, saberes, la memoria colectiva, nuevos aprendizajes, valores, creencias, emociones y percepciones de las personas respecto a estos elementos no humanos.
Los productores y productoras tienen una estrecha relación con el ciclo productivo del sistema milpa, al que se sincronizan las celebraciones o festejos religiosos, tradicionales y culturales del pueblo.
El “maicito”, actor principal, se bendice siendo semilla en el mes de febrero y después de meses de
trabajo y cuidado, se obtiene la primera cosecha en agosto, con la que se prepara y ofrece atole a todo el pueblo, dando inicio a la fiesta patronal. En estos encuentros relacionales, entre las personas y otros elementos naturales existe el beneficio mutuo.

Cuidar el territorio
La milpa en la ciudad es un espacio de asociación entre los humanos y elementos no humanos, la cual es clave y definitoria en las maneras de habitar, construir y cuidar en colectividad el territorio desde hace muchos años. “Seguimos trabajando la tierra para que no se vuelva ociosa. Si la dejamos de cuidar, al ratito subirá más la mancha urbana”, comenta el Sr. Salvador.
Quizá sea necesario que la preservación de la milpa no sólo dependa de los productores y productoras, sino también de la ciudadanía en general. Habría que reflexionar cómo podríamos ser corresponsables con la preservación de la milpa y bosque, fuentes de agua, oxígeno y regulación climática en la ciudad.