El lado oscuro de la soya

Trashumantes

“Impulsamos la ley provincial que nos provea de 800 metros libres de fumigación terrestre y la prohibición total de las fumigaciones aéreas”, dice Juan José Peralta a Proceso. Maestro y apicultor, Peralta es miembro del colectivo Universidad Trashumante, que realiza una gira de dos semanas por el sur de la provincia de Santa Fe. El trabajo consta de talleres para los vecinos y charlas en las escuelas. Se apela a técnicas de teatro y de trabajo grupal. Los coordinadores registran el debate que se da en los grupos y luego lo analizan en el plenario. “Tratamos de devolverles a los participantes del taller su propia voz y los aprendizajes que entre todos hemos construido”, dice Peralta. El taller itinerante se moviliza en un camioncito viejo al que llaman El Quirquincho, una palabra en quechua que como sustantivo significa armadillo, y como adjetivo, empecinado. El pasado 22 de abril El Quirquincho llegó al poblado de Ibarlucea. En la vieja estación de trenes se dieron cita unas 25 personas. Los grupos ambientalistas, conscientes de su debilidad ante las corporaciones y el gobierno, intentan frenar los impactos. “La franja de protección por sí sola no alcanza: si no se hacen barreras arbóreas, el veneno llega igual”, dice Víctor Schmid durante la charla del grupo en Ibarlucea. Propone: “Dentro de la franja los productores pueden trabajar huertas de cultivos orgánicos para consumo de la comunidad, generando además trabajo”. La ingeniera agrónoma Violeta Pagani acompañó en 2009 un proceso de este tipo en la cercana ciudad de San Genaro. No fue fácil consensuar los intereses sectoriales dentro de la comunidad. Se decidió una restricción a las fumigaciones de 300 metros alrededor del tejido urbano. La medida afectó a 16 productores. La municipalidad les ofreció asesoramiento en cultivos orgánicos. Pagani describe a Proceso la dificultad mayor: “El productor extensivo piensa en grandes parcelas de mucha superficie, y dentro de la producción agroecológica lo que se busca son pequeñas franjas”, dice.

Desierto verde

Carcarañá es una pequeña ciudad de la provincia de Santa Fe. En cada borde del tejido urbano, donde termina la calle de tierra comienza la soya transgénica: el desierto verde, como le llaman quienes auguran un futuro de desertización de estas tierras. El monocultivo de soya capta una enorme cantidad de agua y minerales. “Acá el pueblo se extendió y quedaron las casas pegadas a los campos”, cuenta a Proceso Paola Angeletti, representante del movimiento Paren de Fumigarnos. “Los productores tendrán que buscar otras alternativas. Nadie dice que dejen de producir, simplemente que sus derechos terminan donde empiezan los nuestros”. Angeletti tiene 30 años, una tienda de ropa y valor para enfrentarse a gente poderosa en un lugar en el que todos se conocen. En Carcarañá está vigente la ordenanza que prohíbe todo tipo de fumigaciones a menos de 100 metros del tejido urbano. Pero la franja que los productores dejan libre no supera los 20 metros. “Ellos hablan de buenas prácticas, pero después te fumigan con viento”, cuenta Angeletti. “Lo han hecho incluso en verano, junto al club lleno de chicos de la colonia que están de vacaciones”. La impunidad va de la mano con la desaprensión. El veneno que no se absorbe se filtra luego hacia las napas subterráneas o corre con la lluvia hacia los cursos de agua. Una y otra vez produce muertes masivas de aves o peces, como publicó los pasados 20 y 27 de marzo el diario rosarino La Capital. En los barrios periféricos de Carcarañá se repite el cuadro conocido: malformaciones congénitas, alergias, brotes en la piel, cáncer. La enfermedad no perdona a quienes viven de la soya. “Hace unos meses, yo estaba juntando firmas contra las fumigaciones y pasa una mujer, la hija de un productor, y le pregunto si me firma el petitorio”, cuenta Angeletti. “Ella me dice: ‘Está bien lo que vos estás haciendo, pero yo tengo campo y no te puedo firmar.’ Me contó que su papá tenía cáncer. ‘Pero es su trabajo’, me dice. Como si fuera normal que se enferme”. Damián Verzeñassi es titular de la cátedra de salud ambiental de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario. Investiga las causas de enfermedad y muerte en la región desde que se introdujo la soya transgénica. “Hemos encontrado que en los últimos años ha habido un incremento en los casos de cáncer vinculado a glándulas endócrinas y a la sangre, como linfomas y leucemias”, dice a Proceso. “Hay también un incremento en las malformaciones congénitas, sobre todo casos de hidrocefalia, anencefalia, espina bífida, labio leporino y problemas en las extremidades”, señala. En enero de 2009 la presidenta Fernández creó una comisión nacional para investigar los impactos negativos del modelo agropecuario. Tres años más tarde el silencio es absoluto. Juan Domingo Perón, el histórico líder del movimiento que hoy dirige la presidenta, sostenía que la mejor forma de ocultar un tema es crear una comisión que lo investigue.

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