Cuerpo y territorio: mujeres que sostienen y defienden la vida frente a la crisis climática

Por Yolotzin Zamora Méndez, Jornada del Campo, 15/11/2025, p.9

En los territorios rurales de América Latina, las mujeres campesinas, indígenas y afrodescendientes desempeñan un papel esencial en el sostenimiento de la vida. Ellas siembran, cosechan, transforman y distribuyen alimentos, al mismo tiempo que asumen las labores de cuidado indispensables para la reproducción social.
Sin embargo, esta doble carga, productiva y de cuidados, sigue siendo poco reconocida, pues se considera parte “natural” del trabajo femenino. Frente al avance de la crisis climática, el agotamiento de los suelos y el despojo territorial, las mujeres rurales están en la primera línea de impacto. La escasez de agua, la pérdida de biodiversidad y la disminución de cultivos básicos profundizan las desigualdades existentes. Aun así, son ellas quienes sostienen estrategias para enfrentar y resistir estos desafíos: organizan redes de intercambio, promueven la agroecología, resguardan semillas nativas, defienden los bienes comunes e incluso utilizan herramientas de la comunicación y el cine para visibilizar sus esfuerzos por conservar la vida en sus territorios.

Cuidar es sanar

El cuidado, entendido desde las experiencias de los pueblos, no es un acto privado ni una muestra de sentimentalismo. Es una práctica política de supervivencia colectiva y una estrategia para reparar los daños causados por siglos de despojo y explotación. Cuidar es sanar la tierra, reconstruir la comunidad y restaurar los lazos entre los cuerpos y los territorios.
Esta comprensión del cuidado cuestiona la idea de que la sostenibilidad ambiental depende únicamente de políticas o tecnologías “verdes”. Propone reconocer los saberes territoriales y comunitarios que han permitido sostener la vida incluso en condiciones adversas. Cuidar el agua, el suelo y los vínculos humanos forma parte de una misma trama de interdependencia.
Justicia climática: una lucha antirracista y decolonial

La crisis climática no afecta a todas las personas por igual. Las comunidades campesinas, negras e indígenas viven en los territorios más expuestos a la contaminación, los incendios y las sequías. Esta desigualdad no es casual, sino resultado de un modelo económico basado en el colonialismo extractivista, que ha considerado cuerpos y naturaleza como recursos disponibles. Por ello, los movimientos de mujeres rurales y afrodescendientes insisten en que la justicia climática debe ser también una justicia racial y decolonial. Reparar los daños ambientales implica reconocer las deudas ecológicas del Norte global con los pueblos del Sur, redistribuir recursos y garantizar la soberanía alimentaria y energética. No se trata sólo de mitigar emisiones, sino de transformar las estructuras que sostienen la desigualdad, el patriarcado que sobreexplota el trabajo de las mujeres y limita su acceso a
la tierra; el racismo ambiental que ubica a las comunidades racializadas en los territorios más degradados; y el modelo extractivista que concentra el agua, la energía y los bienes comunes en manos de corporaciones.
En mi experiencia acompañando procesos de vida en la sierra nororiental de Puebla, he visto cómo las mujeres principalmente, desde su propio quehacer transformamos las estructuras de desigualdad. A través de la comunicación comunitaria, el cine, la defensa biocultural y el trabajo colectivo, recuperamos la palabra y reimaginamos el territorio como un espacio de reciprocidad. Estas prácticas muestran que el cambio se construye fortaleciendo la autonomía y el poder de decidir sobre la tierra y la vida compartida.

Ecofeminismos del sur y epistemologías de la vida

Los feminismos comunitarios y los ecofeminismos del sur coinciden en señalar que la explotación de la naturaleza y la opresión de las mujeres son dos expresiones del mismo proyecto colonial. Frente a ello, las mujeres rurales han desarrollado prácticas que regeneran tanto los ecosistemas como los lazos sociales: huertos colectivos, casas de semillas, sistemas de trueque, rituales de agradecimiento a la tierra y procesos de educación ambiental intergeneracionales.
Estas experiencias muestran que el conocimiento científico y el saber comunitario pueden dialogar para crear soluciones sostenibles y culturalmente situadas. La agroecología, por ejemplo, combina técnicas contemporáneas con principios ancestrales de reciprocidad y ayuda mutua. Esta convergencia entre ciencia y territorio construye una base sólida para enfrentar la crisis climática desde el cuidado, no desde
el control. Desde la mano vuelta, no desde la dominación.

Cuidado como justicia reparadora

En los pueblos, el cuidado se ha convertido en una forma de reparación y continuidad. Las mujeres no sólo sostienen la vida cotidiana, sino que reconstruyen los vínculos comunitarios fracturados por la migración, la violencia o el cambio climático. Los espacios colectivos que ellas lideran funcionan como centros de organización y resistencia, donde se piensa cómo mantener el bienestar común sin agotar los
recursos naturales. El cuidado implica redistribuir bienes, valorar conocimientos locales y reconocer la interdependencia entre todos los seres vivos. No se trata de un gesto asistencial, sino de una práctica transformadora que articula economía, ecología y justicia social. Acompañar los duelos, sostener la esperanza y ayudar a que la vida vuelva a florecer son también formas de resistencia.
El territorio enseña que la vida siempre busca caminos para regenerarse, el olor a tierra mojada, el murmullo de los ríos y el canto de las aves recuerdan que el ciclo continúa. Desde ahí, las mujeres
se convierten en guardianas de la memoria y del futuro, en tejedoras de relaciones que permiten sostener lo común. Cuidar colectivamente es, entonces, un acto de esperanza y un compromiso con la vida.

Ninguna lucha sobre nosotras

En medio de estas luchas, el movimiento de mujeres defensoras ha dejado claro que la transformación social también debe alcanzarse dentro de los propios espacios de resistencia. Así lo expresó la Red Nacional de Organismos Civiles de Derechos Humanos (Red TDT) al afirmar con fuerza: “¡Ninguna lucha sobre nosotras!”. Este pronunciamiento, surgido en el contexto de las denuncias de violencia
machista impulsadas por el movimiento #MeToo, marcó un precedente ético al reconocer que no puede haber justicia ambiental ni defensa del territorio si se toleran violencias hacia las mujeres.
El cuidado colectivo comienza, entonces, por garantizar la dignidad y la seguridad de todas. No se puede sostener la vida sin erradicar las violencias que la amenazan. La justicia climática y la justicia de género son una misma lucha, ambas buscan reparar, proteger y reconstruir los tejidos de la existencia.
En tiempos de emergencia climática, el cuidado se revela como una forma de resistencia activa y una propuesta de futuro. Frente al modelo extractivista que separa al ser humano de la naturaleza, las mujeres rurales, indígenas y afrodescendientes reivindican la vida como un tejido compartido entre
cuerpo y territorio. Su trabajo, muchas veces invisible, sostiene no sólo a sus comunidades, sino al conjunto de la humanidad.
Porque cuidar, en su sentido más profundo, es también un acto político, una manera de sanar la tierra y de afirmar que la vida, pese a todo, es continuidad ancestral.