Biodiversidad y Manejo Sustentable de los Recursos

Por Antonio Monjarás

Recientemente se ha vuelto cada vez más común hablar sobre la preocupación ante la pérdida y conservación de la biodiversidad en el planeta en todos los ámbitos de las actividades humanas, sin embargo siendo este un tema objetivo, en las cumbres y congresos, cada quién incorpora e involucra diferentes aspectos, pues los temas referentes a la conservación de la biodiversidad pueden cambiar dependiendo en el contexto en el que se encuentren inmersos. Para entender más a fondo este tema primero habrá que definir, qué se entiende como biodiversidad.

En la actualidad se define a la biodiversidad como toda variación de la base hereditaria en todos los niveles de organización, desde los genes en una población local o especie, hasta las especies que componen toda o una parte de una comunidad local, y finalmente en las mismas comunidades que componen la parte viviente de los múltiples ecosistemas del mundo. Abarca, por tanto, todos los tipos y niveles de variación biológica (Nuñez et al., 2003).

Retomando las líneas anteriores, estos tipos y niveles de variación biológica han sido clasificados de manera jerárquica, dándole el enfoque de Alfa, Beta Y gama. La diversidad gamma es el número de especies a nivel regional; la diversidad alfa se define como el número de especies a nivel local y la diversidad beta es, en su definición más general, la diferencia en composición de especies entre comunidades (Rodríguez y Vásquez).

Todo el conjunto de diversidad de especies está siendo severamente afectada por las modificaciones, sin precedentes, inducidas por las actividades humanas sobre los ecosistemas, entre las cuales destacan el cambio de usos del suelo, la alteración de los ciclos biogeoquímicos, la destrucción y fragmentación de hábitats, la introducción de especies exóticas y la alteración de las condiciones climática. Por otra parte, aunque no haya sido tan ampliamente reconocido, existen también claras evidencias de que los cambios en la biodiversidad están repercutiendo directa o indirectamente sobre el bienestar humano, ya que comprometen el funcionamiento mismo de los ecosistemas y su capacidad de generar servicios esenciales para la sociedad. Como consecuencia, si bien en el pasado buena parte de las iniciativas de conservación de la biodiversidad se basaron casi exclusivamente en sus valores intrínsecos o en criterios éticos, en los últimos años han comenzado a cobrar fuerza argumentos de carácter más pragmático, que toman en cuenta la contribución de la biodiversidad a la calidad de vida y el bienestar de las sociedades humanas (López et al., 2007).

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Las estrechas relaciones entre biodiversidad y bienestar humano resultan especialmente presentes en el caso de las poblaciones humanas más pobres y desfavorecidas del planeta. Éstas frecuentemente dependen íntimamente de la fertilidad de los suelos, la existencia de aguas limpias, o la presencia de flora y fauna silvestre como fuente de proteínas y medicamentos, entre otros factores esenciales para su subsistencia; siendo por ello, las más vulnerables a los cambios en la diversidad funcional. Por lo general, las sociedades más desarrolladas tienen acceso a una mayor variedad de servicios y pueden adaptarse con cierta facilidad a los cambios en la disponibilidad de los mismos, dada su mayor capacidad para adquirir servicios o sustituirlos cuando éstos se vuelven escasos a través de la tecnología.

Contrariamente, las comunidades rurales de los países menos desarrollados, habitualmente carecen de acceso a servicios alternativos y resultan por ello mucho más vulnerables a los cambios en la integridad de los ecosistemas, que con frecuencia se traducen en pérdidas de productividad agrícola, contaminación de las aguas, erosión y pérdida de fertilidad de los suelos, o falta de capacidad de protección ante eventos climáticos extremos o catástrofes naturales. La conservación de la diversidad funcional, como garantía de la integridad y adecuado funcionamiento de los ecosistemas es, pues, para ciertos países o sectores desfavorecidos de la sociedad, no sólo una mera cuestión de opción sino de verdadera supervivencia (López et al., 2007).

Lo anterior sugiere un análisis de cómo hemos abordado los ecosistemas, para lo cual habrá que desarrollar técnicas y procesos que pretendan una revaloración integral de los servicios y funciones de los ecosistemas para la sociedad, desde el punto de vista ecológico, socio-cultural y económico, lo cual da pie al término “sustentabilidad”; es decir, que habrá que procurar sistemas productivos sustentables, en la mira de la mejora del bienestar social.

En 1987 la Comisión Mundial para el Medio Ambiente y el Desarrollo Humano aprobó por unanimidad un documento denominado «Nuestro Futuro Común» (2), el cual constituyó un punto de inflexión en el debate a nivel global sobre medio ambiente y desarrollo. Allí se definió por primera vez el término desarrollo sustentable, si bien su utilización se remonta a la década anterior. En un sentido general, el desarrollo sustentable es «un proceso que busca satisfacer las necesidades humanas, tanto de las generaciones actuales como futuras, sin que ello implique la destrucción de la base misma del desarrollo, es decir, los recursos naturales y los procesos ecológicos»(Goñi y Goin 2006).

Cosecha de Kale en la Granja Vía Orgánica.

Cosecha de Kale en la Granja Vía Orgánica.

A nivel mundial, está emergiendo un consenso en cuanto a la necesidad de nuevas estrategias de desarrollo agrícola para asegurar una producción estable de alimentos y que sea acorde con la calidad ambiental. Entre otros, los objetivos que se persiguen son: la seguridad alimentaria, erradicar la pobreza y conservar y proteger el ambiente y los recursos naturales. Aunque la agricultura es una actividad basada en recursos renovables y algunos no renovables (petróleo), al implicar la artificialización de los ecosistemas, esta se asocia al agotamiento de algunos recursos. La reducción de la fertilidad del suelo, la erosión, la contaminación de aguas, la pérdida de recursos genéticos, etc., son manifestaciones claras de las externalidades de la agricultura. Además de implicar costos ambientales, estas externalidades, también implican costos económicos. En la medida que la degradación es más aguda, los costos de conservación son mayores. Entonces uno de los desafíos importantes es el de analizar estos costos ambientales como parte del análisis económico que se realiza rutinariamente en actividades agrícolas. La contabilidad ambiental que incluye por ejemplo los costos de erosión, la contaminación por plaguicidas, etc., debiera ser un aspecto crucial del análisis comparativo de diferentes tipos de agroecosistemas (Altieri y Nicholls, 2000).

Entiéndase por agroecosistema a aquellas comunidades de plantas y animales interactuando con su ambiente físico y químico que ha sido modificado para producir alimentos, fibra, combustible y otros productos para el consumo y procesamiento humano. Un agroecosistema se crea cuando la manipulación humana y la alteración de un ecosistema tienen lugar con el propósito de establecer la producción agrícola. Esto introduce varios cambios en la estructura y función del ecosistema natural y, como resultado, cambia un número de cualidades clave a nivel del sistema (Gliessman, et al. 2007).

Los agroecosistemas pueden clasificarse de acuerdo a lo que se produce dentro de este, es decir dependiendo de las actividades productivas; en los agroecosistemas pecuarios se producen productos y sub-productos obtenidos de animales, como lo son el huevo, la leche, queso   y carne. En los agroecosistemas agrícolas, se producen alimentos procedentes de las plantas domesticadas, como lo son los granos básicos y las hortalizas. Por último tenemos al forestal, en el cual se hace aprovechamiento de los bosques, con la finalidad de obtener madera como materia prima. Los agroecosistemas constituyen la base de toda la sociedad, pues de ellos depende la alimentación de la misma. Las sociedades actuales estamos en crisis, una crisis promovida por el mal uso de nuestros recursos; el impacto antropogénico en los ecosistemas han creado agroecosistemas insostenibles, para lo cual es de vital importancia plantear nuevas alternativas que nos permitan establecer sinergia con los diferentes agroecosistemas e integrarlos bajo una visión más holística, bajo esta premisa surge la integración de la sustentabilidad al sistema agrícola.

La preocupación central hoy es la de la sustentabilidad de la agricultura. El concepto de sustentabilidad es útil porque recoge un conjunto de preocupaciones sobre la agricultura, concebida como un sistema tanto económico, social y ecológico. La comprensión de estos tópicos más amplios acerca de la agricultura requieren entender la relación entre la agricultura y el ambiente global, ya que el desarrollo rural depende de la interacción de subsistemas biofísicos, técnicos y socioeconómicos (Altieri y Nicholls, 2000).

Agricultura sustentable implica, entre otras cosas, conservación de los sistemas naturales a largo plazo, producción óptima con reducidos costos de producción, adecuado nivel de ingreso y beneficio por unidad de producción, satisfacción de las necesidades alimentarias básicas, y suficiente abastecimiento para cubrir las demandas y necesidades de las familias y comunidades rurales. Todas las definiciones de agricultura sustentable promueven armonía ambiental, económica y social para cumplir con el significado del concepto de sustentabilidad (Zinck et al., 2005).

La agricultura sustentable es sólo una de las muchas alternativas que se proponen desde la Agroecología, pues La agroecología provee las bases ecológicas para la conservación de la biodiversidad en la agricultura, además del rol que ella puede jugar en el restablecimiento del balance ecológico de los agroecosistemas, de manera de alcanzar una producción sustentable. La biodiversidad promueve una variedad de procesos de renovación y servicios ecológicos en los agroecosistemas; cuando estos se pierden, los costos pueden ser significativos. Por lo tanto se da por entendido que los impactos sobre la biodiversidad tendrán repercusiones en el funcionamiento de los agroecosistemas, debido a las propiedades funcionales que esta ejerce sobre el ecosistema modificado (Altieri y Nicholls, 2000).

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Fuentes:

  • Altieri, M., Nicholls, C. 2000. Agroecología: Teoría y práctica para una agricultura sustentable. Primera edición. México, DF. Pg. 250.
  • Gliessman, S.R., Rosado, F., Guadarrama, C., Jedlicka, J., Mendez, V., Cohen, R., Trujillo, R., Bacon, C., Jaffe, R 2007. Agroecología: Promoviendo una transición hacia la sostenibilidad. Ecosistemas. 16,10.
  • Goñi, R., Goin, F., 2006, Marco conceptual para la definición del desarrollo sustentable. Salud colectiva 2, 7.
  • López, M., Gonzales, J., Díaz, S., García, M. 2007. Biodiversidad y bienestar humano: El papel de la diversidad funcional. ECOSISTEMAS.3,10.
  • Rodríguez, P., Vásquez, E. Escalas y diversidad de especies. UNAM. En: http://web.ecologia.unamx/laboratorios/evazquez/publications/rodriguezvazquez.pdf
  • Nuñez, I., Gonzales, E., Barahona, A. 2003. Labiodiversidad: La historia de un concepto. INTERCIENCIA. 28, 10.
  • Zinck, J., Berroterán, L., Farshad, A. 2005. La sustentabilidad agrícola: Un análisis jerárquico. Gaceta Ecológica. 76, 15.