A los 22 años del color zapatista

Por Oleg Yasinski, Desinformémonos, 3 enero de 2016

«Hablo aquí de una mirada morena, silenciosa, la que hizo cambiar tantas maneras de ver. Una mirada indígena. Alguien buscará las enseñanzas de don Juan o las revelaciones chamánicas. Pero no. Fue la rebelión zapatista que estremeciendo hace 22 años el estado mexicano de Chiapas hizo cambiar tantas miradas.»

El color de la luz blanca, que nos llega desde el cosmos, desde las lejanías donde el tiempo y la distancia son seguramente una sola cosa, igual que los recuerdos y los sueños, pasa por el filtro de las nubes del planeta Tierra y se convierte – a veces – en un arcoiris. Siempre lo miramos desde abajo.

Con el paso de tiempo, muchos perdemos la capacidad de sorprendernos del mundo y de sus colores, y cuando nos nombran adultos, a cada uno se asigna su único color correcto. Los rayos, pero ya no de luz sino de colores, entran en la lucha por la pureza de sus matices. El arcoiris se apaga. Se derrama el rojo. Se oscurece. En la oscuridad brotan las estrellas, que a veces son faros para nuestras almas y otras, objetos voladores no identificados, y otras veces velas en memoria de los arcoiris apagados.

Si siempre pudiéramos mirar hacia arriba, si pudiéramos subir un poco más y detenernos al borde de la atmósfera, donde los siete pétalos del arcoiris se transforman en un tallo blanco, jamás podríamos participar en esta guerra mundial de colores.

Cualquier verdad, igual que cualquier blanco, es posible sólo como una suma de diferencias, discrepancias y no coincidencias. Porque el blanco y la luz contienen todos los colores, todas las razas, culturas y religiones, que no son las antítesis sino la suma, no son los triunfos sino la unidad.

Pero viéndolo desde el nivel más bajo, desde nuestros miedos, prejuicios y la ignorancia, no podemos ver otra cosa que las diferencias, y la palabra «otro» se convierte en el sinónimo de peligro. Este corto circuito de la consciencia nos priva de la más importante de las libertades posibles, llamada dignidad. Y mientras más sube nuestra mirada hacia el lente distribuidor de colores (que es ¿historia? ¿cultura?), más fácil es ver la unidad escondida de nosotros detrás de las nubes (las nubes aquí son una metáfora, efecto teatral, material de construcción hecho de agua y de viento).

Hablo aquí de una mirada morena, silenciosa, la que hizo cambiar tantas maneras de ver. Una mirada indígena. Alguien buscará las enseñanzas de don Juan o las revelaciones chamánicas. Pero no. Fue la rebelión zapatista que estremeciendo hace 22 años el estado mexicano de Chiapas hizo cambiar tantas miradas.

Siento que para los afortunados, los que seguimos de cerca esta historia, el siglo XXI empezó 6 años antes, el 1 de enero de 1994. Y mientras el mundo, cada vez más globalizado, absurdo y violento sigue atrapado por el juego suicida llamado «la guerra contra el terrorismo», los indígenas y no indígenas zapatistas, lejos de las cámaras y de las modas del momento, siguen construyendo su sueño que se aprende sólo desde abajo y desde la izquierda, donde caben muchos mundos, los mismos colores faltantes en este gris horizonte neoliberal.

Uno de los problemas del zapatismo fue que enamoró a demasiada gente enamoradiza, personas como yo que andábamos perdidos entre las ruinas del muro de Berlín, tratando de recoger pedazos de tantos espejos rotos. ¿Por qué el problema? Porque nuestra tradición política, tan prehistórica como cualquier otra, corresponde a ciertas estructuras mentales, supone una adhesión total y acrítica a las causas que se eligen. Y estas causas requieren líderes, lemas, torres de poder, unanimidades y otros elementos incompatibles con el cambio del paradigma, algo que buscábamos y rechazábamos a la vez..

El peor favor que hicimos a los indígenas rebeldes de Chiapas, fue idealizar y tratar de usarlos para llenar nuestro propio vacío ideológico. Tantas «desilusiones» y «decepciones» posteriores, siempre al son del manejo mediático del poder, es la consecuencia de este enamoramiento, cuando el objeto de la pasión no es el otro, sino el producto de la imaginación de uno, disfrazado de otro.

Desde hace 22 años, los zapatistas, dentro de la horizontalidad de su búsqueda, siguen insistiendo en encontrar contrapartes, cómplices, compañeros, capaces de construir otro tipo de relación, sin vanguardias ni liderazgos, donde cada aprendizaje sea mutuo y cada derrota sea un impulso para los aprendizajes nuevos.

Cuando el poder mexicano y mundial se dio cuenta de que el zapatismo como proyecto va en serio y para largo…, muchísimo más allá del seductor personaje de Marcos y el turismo revolucionario en la selva chiapaneca, esta revolución, como tantas otras, fue silenciada. Lo más subversivo fue el masivo ejercicio democrático de las comunidades indígenas, que tomaron la decisión de hacerse cargo de sus sueños y derechos. Fue increíble la rápida desaparición del EZLN de los medios de comunicación «progresistas» de México y del mundo, y luego un sin fin de rumores y delirios de todo tipo acerca del destino del subcomandante…

Mientras tanto, tal como se planteó en las declaraciones y análisis zapatistas de los fines del siglo pasado, el mundo del poder de hoy sigue su rápido retroceso a las cavernas de la prehistoria. Mientras en Europa, desde su fracasada unión bajo una pirámide financiera, se levantan vientos de una nueva guerra, y aquí en Latinoamérica la izquierda trata de aprender a sobrevivir sin repetir los errores de los «socialismos reales», las comunidades zapatistas, como de costumbre sin marketing ni estrategias de imagen, siguen construyendo un mundo nuevo, diferente, humano.

Y por eso, reviviendo y resoñando estos increíbles 22 años – nacidos aquel 1 de enero de 1994 – quiero una vez más, enviar las felicitaciones al corazón del Sureste Mexicano, para los compas aunque ya lo saben: que se les quiere, que se les extraña y que se les admira.