Las calabazas: esencia e historia de México

Por Guillermo Sánchez de la Vega, La Jornada del Campo, Alimentos Ancestrales, 16/08/2025, p.9

Las calabazas no pueden faltar en la dieta diaria de los mexicanos. Disfrutamos sus semillas como botana y las usamos como alimento principal, guisadas de diferentes formas: sus flores se emplean en quesadillas, sus guías se consumen en sopas, las semillas también se utilizan en diversas salsas y pastas, los frutos jóvenes se integran en múltiples platillos, y ya maduros en postres.
Pero pocos saben que la mayoría de las calabazas que se comen en todo el mundo -–desde las calabacitas hasta los grandes frutos usados en Día de Muertos– son nativas de México. Generalmente, tampoco se sabe que las calabazas en realidad son varias especies, cada una con un uso particular.
No olvidemos que las calabazas son parte esencial del sistema tradicional de cultivo de Mesoamérica, la milpa, junto con el maíz (este sí una sola especie) y los frijoles (que son varias especies que crecen en diferentes climas y suelos).
En la milpa, las calabazas protegen el suelo de la erosión y conservan la humedad del mismo, así como el frijol ayuda a fijar nitrógeno de la atmósfera y, de esta manera, contribuye a mantener fértil el suelo, y el maíz sirve como soporte para que trepen el frijol y las calabazas.
Las calabazas quizás fueron el primer grupo de plantas que domesticaron las y los antiguos mexicanos, y tal vez fue uno de los primeros cultivos de toda la humanidad, pues en Oaxaca, por ejemplo, se han encontrado semillas de calabazas de hasta 10,000 años de antigüedad.
A la fecha, las diferentes especies de calabazas se siguen cultivando por todo México, y aún se puede encontrar muchas de las variedades y razas tradicionales, adaptadas a las diferentes condiciones locales de suelo, clima y estilos de manejo de los cultivos y con diferentes usos. Por desgracia, algunas de estas variedades cada vez se siembran menos, ante la presión de los mercados para producir formas más uniformes, estándares y eficientes a través de variedades mejoradas, que en muchos casos vienen de otros países.
Las calabazas tradicionales y nativas de México son cuatro especies. La más conocida es la especie que nos da las calabacitas, Cucurbita pepo, llamadas también calabazas italianas o zucchini, o calabazas güichas, y sus frutos maduros se conocen como calabaza de castilla. También tenemos a la calabaza pipiana, llamada localmente chihua y arota, Cucurbita argyrosperma, empleada principalmente para
producir semillas (pepitas); a la calabaza tamalayota, Cucurbita moschata, que se usa madura para
producir dulces y para guisarse, y la más diferente, el chilacayote Cucurbita ficifolia, muy apreciada
para producir guisos, postres y dulces, entre otros.
En México, además de estas calabazas cultivadas, aún tenemos extensas poblaciones de sus parientes silvestres, en total 11 especies, que si bien se ven como calabazas, sus frutos maduros son más pequeños, del tamaño de una pelota de tenis, y muy amargos, por lo que no podemos consumirlos. Pero, aunque no
son comestibles, estas especies son importantes para el mejoramiento futuro de las cultivadas, ya que pueden tener genes que favorezcan una mayor productividad, incrementen su resistencia a enfermedades y propicien su adaptación al cambio climático.
Por ello, hemos estudiado a este grupo de plantas por más de 20 años. Recientemente, realizamos
un esfuerzo por localizar todas las poblaciones silvestres y las razas cultivadas de calabazas de México,
recorriendo el país y analizando con métodos modernos su genoma y la variación que tienen sus
especies y poblaciones.
Si bien estas especies son cultivos muy relevantes para el país, casi todos los estudios y el mejoramiento genético se habían hecho fuera de México. La producción nacional de calabazas fue de 744 mil toneladas en 2023, ocupando casi 80 mil hectáreas, con un valor de más de 6 mil millones de pesos. Los estados
de Sonora, Sinaloa, Michoacán y la península de Yucatán son sus mayores productores. Adicionalmente,
existe una importante producción en huertos familiares, pero aunque suele no ser registrada, sigue siendo un relevante recurso alimenticio y económico.
Los cultivos de las calabazas se realizan bajo dos formas de manejo: tecnificados en mayor o menor grado, con riego y medidas que van desde el control fitosanitario y el uso de colmenas para su polinización, hasta el control de calidad de los frutos; buena parte de estos cultivos son para exportación y consumo urbano. Por otro lado, tenemos muchas variedades de calabazas que siguen siendo cultivadas de maneras más o menos tradicionales en milpas y traspatios.
Consideramos que es una necesidad prioritaria y estratégica para el país el desarrollar más estudios
para conocer, mejorar y conservar nuestras calabazas, promoviendo su conservación en el campo, en
las milpas y huertos familiares, no sólo en los llamados bancos de germoplasma de sus semillas.

Maíces nativos en México: incentivar su consumo y defensa

Por Mercedes López, La Jornada del Campo, 16/08/2025, p.7

México es centro de origen, domesticación y diversificación permanente del maíz, con 64 razas y cientos de variedades sembradas a todas alturas, desde el nivel del mar hasta las altas montañas; en climas diversos, calurosos, lluviosos o áridos; de diversos colores: blancos, amarillos, azules, negros, rojos, moteados… Es insumo para artesanías y construcción; medicina natural; centro de ritos y celebraciones religiosas a lo largo y ancho del territorio, así como abono orgánico.
Pero sobre todo, desde hace 10 mil años, el maíz es base de una alimentación sana, de calidad, tradicional y local, con cientos de bebidas y alimentos tradicionales: tortillas, quesadillas, tostadas, huaraches, esquites, atoles, tamales, sopes, tlayudas, pozole, palomitas, tamales, nicoatole, tejate, tejuino, pozol, entre otros, y es parte de la diversidad y patrimonio biocultural de México.
En tiempos recientes, la defensa de los maíces nativos en México ha sido el centro de una batalla política, mediática, legislativa, económica y a nivel soberano que, afortunadamente, se ganó a favor de la biodiversidad de las generaciones presentes y futuras, con las reformas a los artículos 4º y 27 de la Constitución Política Mexicana. Quedó establecido que su cultivo debe ser libre de modificaciones genéticas, sin rebasar las barreras naturales de reproducción o recombinación, con el fomento del sistema milpa y de cultivos tradicionales, entre otras medidas.
No obstante, persisten diversos peligros contra los maíces nativos, como el abandono del campo desde la firma del TLCAN en los años 90 del siglo pasado, la falta de incentivos para producir milpa y alimentos locales en el campo, la pérdida de cultivos diversos, la contaminación de la tierra y el agua por el uso excesivo de agroquímicos y semillas transgénicas, así como la falta de un pago justo a quienes nos alimentan, resistiendo a los monocultivos y al modelo de producción industrial.
Y en especial, por las presiones del gobierno de Estados Unidos, el cual presentó un panel de controversias que, a fines de 2024, falló contra la determinación soberana del gobierno de México de no usar maíces amarillos importados de Estados Unidos –genéticamente modificados en un 90%– en la masa para alimentos básicos, como la tortilla y sus derivados.
Es un gran negocio para los rancheros gringos, que siembran sus cultivos con altos subsidios de su
gobierno, aunque también han sufrido daños a la salud por esos cultivos; además, sus tierras y aguas han sido contaminadas, y ha bajado su producción, lo que ha requerido cada vez más cantidad de glifosato, el herbicida parte del paquete tecnológico de los OGMs.
Diversos estudios han demostrado que en México la masa para tortilla y otros alimentos, tanto industrial como artesanal, contiene glifosato y transgénicos todo indica que éstos provienen de los maíces amarillos forrajeros que son mezclados en esas masas de forma irresponsable por grandes empresas como Maseca o Minsa, lo que daña la salud y la dieta de la población mexicana.
Aparte de problemas como autismo y cáncer por esas mezclas, estamos cambiando radicalmente nuestra dieta, pasando de consumir productos de la milpa a bebidas y alimentos ultraprocesados, que han provocado una pandemia de obesidad y enfermedades como diabetes, cáncer o presión alta.
Hoy 70% de las y los adultos tienen obesidad en nuestro país, que está entre los primeros lugares en el mundo, junto con Estados Unidos, China, India, Brasil, Pakistán y Alemania, entre otros. La alimentación de la milpa, basada en maíces nativos, frijoles, chayotes, calabazas, jitomate, chile y quelites, se está perdiendo. Además, se ha reducido 22% el consumo de tortillas per cápita en los últimos años, aunque siguen siendo (sobre todo las nixtamalizadas) nuestra fuente principal de fibra, carbohidratos, proteínas, magnesio, fósforo, potasio, calcio y diversas vitaminas.
Por ello, ante todo por la defensa de la soberanía y seguridad alimentarias, es importante fortalecer la producción interna de maíces nativos para consumo humano en México, que actualmente es de poco más de 27 millones de toneladas producidas en siete millones de hectáreas de 32 estados del país, con un consumo per cápita anual de 196.4 kilos, lo cual nos hizo autosuficientes, al menos hasta el año pasado. En cambio, existe déficit en maíces amarillos para consumo animal e industrial: importamos de Estados Unidos unos 17 millones de toneladas, más de 90% de ellos genéticamente modificados.
Los principales maíces para consumo humano son el blanco –para nixtamal, harina y autoconsumo– y el amarillo –usado por varias industrias, para almidón y autoconsumo–, todos ellos no genéticamente modificados; precepto instaurado a través de una medida cautelar otorgada a la demanda colectiva contra el maíz transgénico en septiembre de 2013 y ratificada en 2021 por la Suprema Corte, mientras se mantenga la demanda colectiva contra el maíz GM.
Los maíces nativos dan sustento alimentario, económico, cultural y religioso. Cuando se siembran en milpa de forma agroecológica, capturan el carbono del medio ambiente y lo regresan a la tierra, humedeciéndola y restaurándola; ello contribuye a proteger el planeta del cambio climático.
El reto es mantener en el país esa producción de milpa agroecológica, así como recuperar la de maíces
forrajeros y de uso industrial, sin el uso de tecnologías con modificaciones genéticas de cualquier índole ni de monocultivos. Así apoyaremos la economía campesina local y dejaremos de depender del gobierno imperialista y hostigador que encabeza Donald Trump.
Una forma de lograrlo es a través del proyecto Milpa Intercalada con Árboles Frutales, desarrollada por el doctor Antonio Turrent, del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias, quien propone recuperar tierras ganaderas de uso extensivo para sembrar milpa junto con árboles frutales endémicos de las regiones, tanto para reconstituir paisajes, como para fortalecer la alimentación y economía campesinas, tan duramente castigadas en los últimos años.
Asimismo, se deben instaurar políticas públicas integrales con capacitación en el campo para rescatar la milpa agroecológica, brindar estímulos económicos a las comunidades campesinas, establecer cadenas cortas de distribución de alimentos, a precios justos y accesibles a toda la población para enfrentar la avalancha de ultraprocesados.
En estas políticas las mujeres deben ocupar un lugar central, pues están presentes en todas las etapas de la producción de alimentos y contribuyen a la resiliencia, al elegir las mejores semillas resistentes a lluvia y sequía y participar en la conservación de la biodiversidad. Sin embargo, no reciben ningún estímulo o reconocimiento, por no tener la titularidad de las tierras, pese a que el campo se ha feminizado. Reconocer el papel de las mujeres en la agricultura es fundamental para lograr cosechas abundantes y sociedades fuertes y resilientes.
Finalmente, deseo resaltar y celebrar el reciente triunfo en las reformas constitucionales. No son una concesión del gobierno, a quien se agradece este compromiso, sino resultado de una tradición de lucha cultivada por múltiples actores y actoras que, de manera comprometida, ética y soberana, han defendido la riqueza de nuestro legado cultural, gastronómico, artesanal, medicinal, cosmogónico y tradicional reflejado en los maíces de múltiples colores, sabrosos, grandes, pequeños, palomeros, para tortillas, atole, sopes, tlayudas y una variedad de bebidas y platillos que nos enriquecen, alimentan el alma y el espíritu y son parte de una identidad que nos hace un pueblo libre y soberano

Agroecología en Tres Arroyos: el municipio da un paso central en el camino a una producción más sostenible

Por Noticias Ambientales, 12/09/2025

La agroecología en Tres Arroyos pisa fuerte. La Municipalidad de esta localidad de la Provincia de Buenos Aires, a través de su Dirección de Producción y Sustentabilidad, confirmó esta semana su adhesión a la Red Nacional de Municipios Agroecológicos (RENAMA).

Tras completar los trámites administrativos esta semana, la ciudad ahora podrá colaborar con otras localidades para impulsar políticas públicas que promuevan y protejan la agroecología.

La participación en esta red permitirá diseñar estrategias para la transición hacia un sistema agroalimentario sustentable que promueva una relación más armoniosa con el medio ambiente.

¿Por qué Tres Arroyos apuesta por la agroecología?

En un contexto donde la rentabilidad de los productores disminuye y la fertilidad del suelo y la biodiversidad se ven afectadas, la agroecología emerge como un nuevo paradigma productivo.

Este enfoque busca desarrollar sistemas agrícolas autosuficientes, basados en los procesos de los ecosistemas naturales y reduciendo la dependencia de insumos externos. Además, se centra en la justicia social y ambiental.

Aunque el censo de 2018 indicaba que solo el 2% de los establecimientos agropecuarios del país adoptaban formas de agricultura biodinámica u orgánica, existe un creciente interés de miles de productores por una transición más sostenible. A su vez, millones de personas a nivel global demandan alimentos sanos y de calidad.

Desde la Dirección de Producción y Sustentabilidad de Tres Arroyos, se asegura que el partido tiene el potencial para satisfacer esta demanda.

«Impulsaremos las estrategias necesarias para transitar este camino, dejando de poner en riesgo nuestra capacidad productiva futura e incluso regenerando lo dañado», afirmaron desde la dirección.

«Nuestro partido tiene potencialidad para responder a esta demanda, dejando de poner en riesgo su capacidad productiva futura e incluso regenerando lo dañado», agregaron.

Qué es la agroecología y cuáles son sus beneficios

La agroecología abarca un enfoque integral y multidisciplinario que va más allá de un simple conjunto de técnicas agrícolas.

Por eso es que se la considera una ciencia, una práctica y un movimiento social. Su objetivo principal es optimizar las interacciones entre plantas, animales, seres humanos y el medio ambiente, para crear sistemas agrícolas sostenibles y socialmente equitativos.

A diferencia de la agricultura convencional, la agroecología promueve la reducción o eliminación de insumos externos como fertilizantes sintéticos, pesticidas y organismos genéticamente modificados. Se enfoca en prácticas como:

  • Diversificación de cultivos: Rotación e intercalado de cultivos para romper ciclos de plagas y enfermedades y mejorar la salud del suelo.
  • Reciclaje de nutrientes: Uso de compost, abonos verdes y la integración de animales para mantener la fertilidad del suelo.
  • Conservación del suelo y el agua: Técnicas que evitan la erosión y optimizan el uso de los recursos hídricos.
  • Control biológico: Uso de enemigos naturales para el control de plagas.

Chapulines: de “plaga” a superalimento en la Ciudad de México

Estos pequeños insectos son una joya nutricional: contienen hasta 60% de proteína, se pueden almacenar por más de dos años y, lo mejor, ¡saben delicioso!

MÉXICO.- Cuando pensamos en la Ciudad de México, solemos imaginar tráfico, edificios y prisas. Pero en el sur de la capital todavía laten los campos de Milpa Alta y Xochimilco, donde se cultivan maíz, amaranto y hortalizas… y donde también brincan los chapulines.

Aunque para muchos son considerados una plaga, la verdad es que estos pequeños insectos son una joya nutricional: contienen hasta 60% de proteína, se pueden almacenar por más de dos años y, lo mejor, ¡saben delicioso!

Con esa idea en mente, la Oficina de Representación de Agricultura en la CDMX organizó el taller “Aprovechamiento del chapulín Sphenarium purpurascens”, impartido por el investigador René Cerritos Flores, experto en el tema.

Durante tres sesiones, productoras y productores aprendieron a identificar las propiedades del chapulín, a capturarlos antes del amanecer (cuando duermen y son fáciles de atrapar con redes especiales) y, claro, a cocinarlos en platillos llenos de creatividad.

Hubo incluso una Competencia de Sabores “Chapulín”, donde se lucieron recetas que mezclaron tradición y novedad: desde tortitas con amaranto y ahuautle hasta guarniciones con chile chicuarote.

La productora Alma Ventura, de San Gregorio, Xochimilco, compartió una receta sencilla y sabrosa:

  1. Lava los chapulines hasta que el agua quede limpia.

  2. Tuéstalos en el horno, revolviendo cada 5 minutos.

  3. Prepara una masa madre con ajo, aceitunas, aceite de oliva y los chapulines trozados.

  4. Hornea a 220°C por 30 minutos.
    ¡Y listo! Acompáñalos con pasta, queso cottage o un aceite de oliva especiado.

Más allá del sabor, el consumo de chapulines es una alternativa sostenible que puede ayudar a combatir la desnutrición y a reducir la huella ambiental de la ganadería.

Así que ya lo sabes: la próxima vez que escuches “chapulines”, piensa menos en plaga y más en futuro alimentario delicioso y sustentable.

Cristina Barros: “Todas las plantas comestibles en nuestras mesas son creación de las culturas ancestrales del mundo”

La milpa y la chinampa son dos tecnologías agrícolas ancestrales que han garantizado la alimentación de los mexicanos por siglos. Se trata de una larga historia que comenzó hace unos 10.000 años, cuando se inició la agricultura en el territorio que hoy ocupa México. A investigar esa historia de tradición y sabores ha dedicado gran parte de su vida la académica mexicana Cristina Barros, considerada la gran experta del maíz y la antiquísima tradición gastronómica mexicana. “Nadie más autorizado que ella para decirnos que la gastronomía mexicana es superior en nutrientes que otras cocinas del mundo”, aseguraba la escritora Elena Poniatowska en un artículo sobre Barros publicado en 2020 en el diario mexicano La Jornada. “Nadie sabe tanto de la milpa [policultivo de maíz, frijol y calabaza], a la que hay que proteger como a una criatura recién nacida, y del maíz, al que hay que salvar de las plagas”, dijo de ella la Premio Cervantes.

Y es que Barros (Ciudad de México, 1946) defiende con ahínco las técnicas tradicionales de cultivo para garantizar la seguridad alimentaria en momentos cuando los alimentos ultraprocesados que nos hacen obesos dominan nuestras despensas, un estilo de vida en constante estrés nos enferma y una agroindustria desbocada tala y contamina. Su recomendación es volver la vista al pasado, cuando aquellos experimentos iniciales de mezclas e injertos permitieron el desarrollo de enormes civilizaciones. “Todas las plantas comestibles en nuestras mesas son creación de las culturas ancestrales del mundo”, asegura Barros.

La académica, maestra en Filosofía y Letras, vive en una hermosa casa de dos plantas rodeada de un jardín que es en sí mismo un huerto de frutas y hierbas comestibles. En este Edén urbano, localizado al sur de la alocada Ciudad de México, ella tiene limonero y mandarino, un ahuehuete que crece en una maceta y al que ha bautizado como Xihuilt (jade, en náhuatl); hay también pimienta dulce, tomates (jitomates, los llaman en México), mejorana, epazote, salvia, pericón, muitle (un arbusto utilizado en remedios medicinales), árbol de chaya de Yucatán y toronjil de flor blanca y de flor morada, “excelente digestivo”, acota siempre sonriente esta sabia mujer de hablar pausado, que explica sus conocimientos con generosidad.

Su luminosa biblioteca es también un reservorio gastronómico: hay libros que describen cocinas de todo el mundo, varios sobre la española y, por supuesto, las tradiciones culinarias de México, su especialidad. De ellas, el maíz es su pasión, esa plata originaria de Mesoamérica que es la base de la alimentación de decenas de millones de personas. “Se considera que su domesticación inició hace 10.000 años y que este proceso estuvo asociado a la invención de la agricultura en Mesoamérica. A través de exploraciones arqueológicas se han podido localizar restos de olotes ya similares a los de los maíces actuales, en lugares como Guila Naquitz, Oaxaca (4.280 años de antigüedad). Esto muestra que la difusión del maíz se extendió de manera casi simultánea a todo el antiguo territorio que abarcó México”, ha explicado Barros en un ensayo titulado Nuestro maíz, encargado por Elena Reygadas, la famosa cocinera mexicana reconocida como mejor chef del mundo en 2023 y propietaria de Rosetta, uno de los restaurantes más celebrados de la gastronomía mexicana.

Una enorme cantidad de culturas ha tenido que adaptarse a climas sumamente diversos y desarrollar plantas adecuadas a diferentes ecosistemas

La experta cuenta en su ensayo la historia de diversos grupos de cazadores recolectores que optaron por la vida sedentaria. Estos nómadas ubicaban fuentes de agua y, por lo tanto, de alimentos. Con la experiencia aprendieron la importancia de la posición del sol a lo largo de las estaciones del año y su relación con la naturaleza. Vieron cómo germinaban algunas semillas de los frutos que recogían, dando lugar a una nueva planta de la que se podían alimentar.

“Esos campamentos temporales fueron verdaderos centros experimentales donde se establecieron las bases para la domesticación, al convertir los cultivos espontáneos en procesos controlados por la voluntad humana. Así surgió la agricultura; México es uno de los ocho centros de origen de la agricultura del mundo”, afirma Barros en su ensayo. Ese conocimiento ancestral, asegura en esta entrevista, es básico para que la humanidad, amenazada por el calentamiento del planeta, pueda asegurar su supervivencia.

Pregunta. ¿Qué podemos aprender ahora de ese conocimiento acerca de la naturaleza y las técnicas de cultivo que durante siglos se ha manejado en culturas como la mexicana?

Respuesta. Uno de los temas más relevantes de nuestro tiempo es la protección de la biodiversidad. Cada vez estamos viendo más lo importante que es tener un abanico de opciones. En el caso de las plantas, tenemos a los parientes silvestres, a partir de los cuales se hicieron las domesticaciones de las diferentes plantas que hoy están en nuestras mesas. En esa gama de parientes silvestres hay una serie de cualidades que pueden servir, haciendo los cruces genéticos que en la naturaleza se dan por sí mismos y luego con la mano del hombre, a través de la domesticación, sin recurrir en absoluto a la ingeniería genética. Hay posibilidades de mejorar a estas especies domesticadas. Un ejemplo son los teocintles, que tienen una proteína de alta calidad y una resistencia especial a la sequía. Todas estas cualidades están ahí y al hacer cruces con especies domesticadas, como los maíces, mejoran importantemente el resultado.

P. Estamos en tiempos de clima cambiante, el planeta se calienta, ¿cómo se puede garantizar la alimentación en estas condiciones?

R. En el caso de México es muy claro. Somos el quinto país con más biodiversidad en el mundo y aquí hay una enorme cantidad de culturas que tuvieron importante relación con la naturaleza y tuvieron que adaptarse a climas sumamente diversos. En esta comunicación con la naturaleza tuvieron que desarrollar plantas adecuadas a diferentes ecosistemas. En el caso de maíz es clarísimo cómo tenemos maíces para las costas, para altitudes de más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, para suelos semiáridos y suelos muy húmedos. Las culturas supieron hacer esta adaptación en lo que es una proeza biológica desde el punto de vista de muchos botánicos actuales. Se trata de una transmisión de conocimientos oral por más de 300 generaciones. A base de prueba y error se fueron haciendo estas transformaciones hasta lograr los maíces actuales.

P. ¿Estamos perdiendo ese conocimiento?

R. Pasamos de una pequeña espiga con unos cuantos granos desprotegidos y duros a una planta de mayor altitud, con mayor follaje, esto es, mayor capacidad de tomar la luz del sol para convertirla en energía, y con unas mazorcas de hasta 500 granos, protegidas por las hojas para evitar que las lluvias las afecten. Recordemos que la agricultura mesoamericana es una agricultura temporal, lo que implica que estamos aprovechando el bien de la naturaleza, que es el agua. Aquí no hay un gasto adicional. Esa es la importancia de las costumbres y los modos de comportamiento ancentrales.

¿Cómo puede ayudar eso ahora? Cuando vemos temas como el cambio climático, nos damos cuenta que tenemos que tener una gran capacidad de adaptación a estas nuevas condiciones y estas plantas mesoamericanas nos dan esta posibilidad. Es tal la variabilidad genética, tales todavía los cruces que se están haciendo, porque es un proceso de domesticación que las familias campesinas están aprendiendo, que hay posibilidad para adaptarse: qué maíz elegir cuando llueve demasiado, cuál cuando se prolonga la sequía. Los desarrollos que se han visto últimamente, sobre todo a través de las plantas genéticamente modificadas, son sumamente pobres en relación con la riqueza inmensa que ofrece la biodiversidad actual lograda por las familias campesinas en México y en el mundo.

P. ¿No garantiza la ciencia, esa genética que menciona, una mayor seguridad para alimentarnos?

R. Unas plantas resistentes a un herbicida, otras resistentes a algún insecto y nada más. Esas plantas no son igual de resistentes que las que se han logrado desarrollar a partir de estos recursos. Lo que nos están ofreciendo como catálogo es paupérrimo en relación con esta inmensidad que tenemos que ofrecer a partir de la domesticación hecha de manera natural por las familias campesinas. Y eso hay que verlo con claridad, porque hay una tendencia a embobarnos con palabras como tecnología, como progreso, como desarrollo y a mal usar también la palabra ciencia, cuando son también importantes algunos desarrollos que se han hecho a través de la historia de la humanidad por parte de la gente que con una gran sabiduría ha sabido aplicar conocimiento para vivir de la mejor manera. Todas las plantas comestibles que están en nuestras mesas hoy son creación de las culturas ancestrales del mundo, de esos centros de desarrollo de la agricultura.

Lo que nos ofrecen como catálogo es paupérrimo en relación con la inmensidad a partir de la domesticación hecha de manera natural por las familias campesinas

P. Los climas extremos impactan ya en muchos países. Hemos visto sequías históricas en África, que generan millones de desplazados por el hambre. ¿Pueden ayudar técnicas como la milpa en circunstancias como estas?

R. Aquí el tema de las tecnologías agrícolas es de la mayor importancia, este concepto de valorar la biodiversidad que se aplica en la domesticación de especies para la alimentación y para otros usos. La tendencia en Occidente es a sembrar una sola planta en grandes extensiones, mientras que la visión de otras culturas, en Asia o en la zona andina, o en las culturas mesoamericanas, son acordes con lo que pasa en la naturaleza. Y siempre se sembró en policultivo, lo que nos demuestra que las plantas se comparten entre sí muchísima información, lenguajes a través de las raíces.

Por ejemplo, en el caso del maíz y la milpa, cuando hay mayor demanda de nitrógeno por el crecimiento de la espiga, hay un mensaje al frijol, que es el que proporciona ese nitrógeno, para que empiece a fluir hacia la planta. Esto a mí me parece realmente de una sabiduría muy particular y también permite que cuando nos haya fallado una planta por las condiciones que sean, ya sea una plaga o climáticas, hay otras plantas de las cuales echar mano para poder alimentarnos. En el caso de los monocultivos, cuando llega una plaga, arrasa con todo y se queda la canasta vacía, porque estamos usando los suelos y el agua, que son bienes de la humanidad, para llevarlos a procesos industriales que solo benefician a unos cuantos empresarios.

P. Hemos doblado nuestro consumo de alimentos procesados. México ya se convirtió en el país con más casos de diabetes y el segundo de obesidad del mundo. Y estamos hablando de un país que le dio a la humanidad una forma de producir alimentos natural y sana. ¿Cómo se puede entender esta contradicción?

R. Es de una violencia tremenda haber hecho todo lo posible por modificar una dieta milenaria de extraordinaria calidad a través de la mercadotecnia. Es tremendo, porque además genéticamente nos adaptamos a cierto tipo de dieta y la genética mexicana acostumbrada a una dieta de la milpa no tiene problemas de obesidad, pero cuando esa dieta se modifica y cambia las calabacitas, los quelites, los frijoles, el maíz, los chiles y todas las frutas, lo que se hace es desatar una respuesta ruda del cuerpo, porque lo que está absorbiendo son unas cantidades de azúcares, de grasas trans, a las que no estaba en absoluto acostumbrado. Pongo un ejemplo: los pimas, que habitan tanto en México como en Estados Unidos. Los pimas de México siguen su dieta tradicional, sembrando, caminando por las terracerías, etcétera, mientras que los de Estados Unidos se hicieron sedentarios y comen muchísimos productos ultraprocesados. Uno de los índices más altos de obesidad del mundo está en las comunidades pimas estadounidenses. Es la misma composición genética con una respuesta distinta debida justamente a la manera de alimentarse.

P. Es un fenómeno global. ¿Cómo se puede contrarrestar?

R. Acerquémonos a las tiendas de mayoreo y veamos los anaqueles: solo productos ultraprocesados. Uno quiere comer un alimento natural y no existe, no está a la mano. Si no queremos ir a una debacle económica por los aumentos de estas enfermedades, tenemos que regresar a nuestro sistema de alimentación original, reconsiderar todo, porque hay otra cosa que me impresiona: muchas empresas se han estado apoderando de la agricultura vía las semillas para alimentar la industria farmacéutica. Nos enferman y luego nos dan los tratamientos, porque son las farmacéuticas las que ganan mucho dinero con un diabético, o con cualquiera que tenga una enfermedad crónica. Tiene que haber la presión de la población hacia los funcionarios públicos para que haya un cambio, porque los gobiernos están demasiado atados a las grandes corporaciones.

La verdadera revolución de nuestro tiempo tendría que tomar en cuenta el medio ambiente, porque la naturaleza nos está poniendo ya los límites. Ya no tiene más resiliencia. O paramos en este momento estas formas en las que hemos incurrido o no va a haber reversa. Y en eso radica la importancia de volver a la agricultura tradicional que ayuda a restaurar los suelos, usar abonos naturales, sistemas de irrigación inteligentes como hubo en Mesoamérica, en terrazas, en las chinampas, aprovechando todo el agua de subsuelo para alimentar a los suelos. Con estos sistemas ancestrales se logran cosas fantásticas.