El lado oscuro de la soya

29/05/2012

Por Francisco Olaso, Proceso, 23 de mayo de 2012

La producción de soya y su exportación a China y a la Unión Europea ha apuntalado el crecimiento económico de Argentina. Pero este modelo agroindustrial se basa en semillas transgénicas y en el uso de potentes fertilizantes que han impactado el ambiente y traído enfermedades a la población campesina: cáncer, diabetes, abortos espontáneos, malformaciones congénitas… Pese a las denuncias de las organizaciones civiles, el gobierno de Cristina Fernández y los grandes medios de comunicación –vinculados con los intereses de los agroexportadores– guardan silencio.

ROSARIO, ARGENTINA (Proceso).- “Cuando nos vinimos a vivir al pueblo, a 30 metros de mi casa había un campo que estaba sembrado con soya. No sabíamos nada de la peligrosidad de los químicos que se utilizaban para el cultivo”, dice Lucila Algrain a Proceso.
Algrain es de Rosario, segundo polo industrial de Argentina y puerto de salida de la producción soyera. En 2005 ella y su marido se mudaron a un pueblo cercano, de 5 mil habitantes, llamado Ibarlucea. Soñaban con una vida en contacto con la naturaleza.
“En 2007 quedé embarazada, y cuando nació mi hijo a los tres meses le diagnosticaron una malformación que le trajo como consecuencia una parálisis cerebral”, cuenta esta profesora de ciencias de la educación, de 35 años, docente de la Universidad Nacional de Rosario.
Argentina es el tercer productor mundial de soya transgénica, detrás de Estados Unidos y Brasil. El llamado “oro verde” apuntala el crecimiento económico del país, que en los últimos 10 años fue en promedio de 7.3% anual. A partir del grano, la Unión Europea (UE) y China producen forrajes para la alimentación de ganado vacuno y porcino y elaboran combustibles que se mezclan con la gasolina.
El Estado argentino calla ante los perjuicios sociales, ambientales y sanitarios que acarrea la producción de soya. También guardan silencio los grandes medios. Clarín y La Nación –opositores del gobierno de Cristina Fernández– mantienen estrechas relaciones con el sector de la agroindustria. Los medios que simpatizan con el gobierno sólo critican tibiamente la inacción oficial.
“Los médicos no nos decían las causas”, sigue Lucila Algrain, “pero el pediatra no creía que fuera una cuestión genética porque ninguno de nosotros dos tiene antecedentes y el embarazo había sido normal”.
Algrain demoró algunos años en atar cabos: “Todos los químicos que se utilizan para el cultivo de soya producen malformación durante el embarazo –dice–. Yo sospecho que hay muchas posibilidades de que sea por eso”.
Argentina dedica unas 20 millones de hectáreas a la producción de soya. El actual Plan Estratégico Agropecuario prevé aumentar dicha superficie. Los campos se fumigan con un potente coctel de herbicidas. En 2011 recibieron 300 mil litros de esos agroquímicos.
El más conocido es el glifosato, que mata todo menos la semilla genéticamente manipulada. Se fumiga desde aviones o se pulveriza desde unos tractores con “alas” que aquí llaman “mosquitos”. En poblaciones rurales y urbanas aledañas a campos de soya hay un marcado aumento de casos de cáncer, diabetes, abortos espontáneos y malformaciones congénitas.
“Mi hijo no está bien. Recibe mucho tratamiento de rehabilitación. Está en sillita de ruedas, usa audífono, no habla. Depende totalmente de nosotros”, dice Algrain.
Entre sus vecinos hay un menor que nació con espina bífida. Hoy tiene seis años y aún no camina. También hay dos personas con diabetes, un hombre que murió de cáncer y dos casos de aborto espontáneo. En el área se reportan animales muertos por sustancias tóxicas. La lista de afecciones coincide con el efecto conocido de los herbicidas.

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